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lunes, 15 de octubre de 2012

Hacia una radiografía mundial de la "sensación" de violencia

1. Sobre crímenes y portadas
Cuando el jueves 30 de septiembre de 2010, leí la portada de Clarín, temblé asustado. El gran titular decía: “Secuestran y asesinan a un chico de 16 años”.
Pasé entonces a La Nación, y también en la portada, una columna doble que arrancaba desde arriba decía: “Conmoción: secuestran y matan a un adolescente”.
Al día siguiente, ambos matutinos volvieron a mencionar el caso en sus tapas. El adolescente en cuestión era un chico de clase media típica, hijo de un ingeniero agrónomo de Maschwitz. Su asesinato no tenía connotaciones políticas especiales, como pudiera tenerlas el del vástago de un político, o el del heredero de una gran fortuna. Para la familia, que merece las más sentidas condolencias, fue el fin del mundo. Pero ¿se justificaba que en los principales matutinos argentinos fuera la noticia más destacada del día?
Primero sentí: “¡A dónde hemos llegado! ¡Qué desquicio el de los gobiernos K!” Seguramente fue lo que sintieron lectores típicos de la clase media argentina.
Pero después me detuve a pensar. Aún antes de consultar estadísticas, sospeché que, lamentablemente, asesinatos de ese tipo ocurren casi todos los días en casi todas partes. Sabía por experiencia que una noticia de ese tenor sería apenas una gacetilla de la sección policial en The New York Times, El País, Le Figaro o el Times de Londres. En muchas partes sería, simplemente, una estadística.
Y entonces me dije, con satisfacción, “¡Caramba! ¡Debemos ser uno de los países más pacíficos del mundo! ¡Evidentemente, si el asesinato de un adolescente cualquiera ocupa este espacio en los diarios más importantes de nuestro país, debe ser porque aquí este tipo de cosa no pasa casi nunca! ¡Qué lástima que doña Rosa y don Fulgencio no sean suficientemente mundanos como para comprender el verdadero significado de esta noticia!”.
Consulté con una amiga colombiana que me dijo que, en su país, ese tipo de tratamiento mediático de la violencia está prohibido por la ley. Los asesinatos no aparecen en los diarios; mucho menos en primera plana. Esto disparó en mi mente otra línea de reflexión, acerca del notable nivel de libertad de prensa vigente entre nosotros.
 
2. ¿Y por el mundo cómo andamos?
Fue recién entonces que comencé a preguntarme si acaso no estaríamos frente a una colosal manipulación de la infausta noticia, realizada para sembrar una sensación de inseguridad que indispusiera a la gente frente al gobierno, culpable de los males que nos aquejan. Apesadumbrado, pensé que seguramente no somos un país tan pacífico como para justificar tanta alharaca frente al asesinato de un adolescente de clase media típica. No somos Islandia, donde ese homicidio realmente merecería estar en la tapa de los diarios. Pero —pensé— ¡aparece en la tapa precisamente para manipular a un conjunto de ciudadanos, que desde su ingenuidad parroquial interpretan la noticia como si fuéramos el peor país del mundo!
Allí fue cuando noté que no era la primera vez que un evento de estas características llegaba a las tapas de los principales diarios del país. Es más, comencé a recordar una serie de casos similares que también habían logrado captar la atención de los medios argentinos, y así, el de la población en general.
Todos ellos compartían ciertos rasgos: crímenes aparentemente sin motivos, contra personas de clase media, de barrios para nada humildes, generalmente profesionales o de familia profesional, sin importar edad ni sexo.
De cualquier forma, el mero hecho de haber sido capaz de recordar o enumerar estos ejemplos me dio la pauta de que no era tanta la cantidad de crímenes cometidos, ya que en esta situación los diarios no analizarían los casos particulares, sino que pasarían a registrar cifras o datos cuantitativos, que en este tipo de notas eran prácticamente inexistentes.
Asimismo, razoné que la cobertura de la noticia no se debía a la gravedad de la misma ni a su impacto sobre la sociedad, sino a la intención de los medios de instalarla en la agenda pública, aunque fuera por unos pocos días. Una vez logrado el efecto de sembrar el miedo en la población, el caso sería dejado de lado hasta el surgimiento de otro evento similar, siempre que las noticias de las secciones de Política y Economía fueran difíciles de usar para cundir los mismos aviesos propósitos.
Llegado a este punto y ya bastante confundido, decidí investigar, para saber exactamente en qué lugar nos encontramos en materia de violencia homicida.
Bastó con mirar algunas cifras de las Naciones Unidas para comprender que la cantinela politizada que escuchamos permanentemente en los medios acerca del pavoroso estado de inseguridad de nuestras calles se da de bruces con todos los datos serios que hay sobre la materia. Los argentinos no estamos entre los más violentos del mundo. Pero militamos sin duda entre los más autodestructivos, porque al distorsionar nuestra realidad viciosamente, nos infligimos graves daños a nosotros mismos, en aras de cálculos políticos espurios.
Tomemos por caso los estudios de la prestigiosa ONG mexicana Seguridad, Justicia y Paz, también conocida como “Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal”. Según sus hallazgos, la localidad más violenta del mundo en 2010, en términos de asesinatos, fue Ciudad Juárez, con 229 homicidios culposos por cada 100.000 habitantes, y la capital nacional más violenta fue Caracas, con 119. Ésta ocupa el cuarto lugar entre las ciudades con más asesinatos del orbe. Entre Ciudad Juárez y Caracas se encuentran Kandahar, en Paquistán, y San Pedro Sula, en Honduras, que ocupan respectivamente los lugares segundo y tercero.
Según un informe de 2011 de la ONG International Crisis Group, más de diez personas son asesinadas diariamente en las calles de la capital de Venezuela, un país en el que se asesina una persona cada media hora. Pero a pesar de estas impactantes estadísticas, es México quien se lleva las palmas, ya que de las diez ciudades más violentas del mundo, cuatro son de ese país. En Ciudad Juárez, la policía aclaró menos del 4% de los asesinatos perpetrados en 2010.
El trabajo de Seguridad, Justicia y Paz, titulado “Estudio comparativo de la incidencia de homicidio doloso en ciudades y jurisdicciones sub-nacionales de los países del mundo (2010)”, que fue publicado a principios de 2011, incluyó todas las ciudades con más de 300.000 habitantes. Si consideramos las veinte más violentas, siete de ellas son mexicanas, cuatro colombianas, dos venezolanas y dos hondureñas. Entre las colombianas están Medellín y Cali, que ocupan, respectivamente, los lugares 10 y 12 en el mundo. Por su parte, Brasil, El Salvador y Guatemala tienen una ciudad cada uno entre estas selectas primeras veinte. Por desgracia, dieciocho de las veinte localidades más afectadas por este tipo de violencia son centroamericanas o caribeñas, es decir, parte de nuestra región.
Si pasamos a la lista un poco menos exclusiva de las primeras cincuenta ciudades más violentas del mundo, encontramos cinco ciudades estadounidenses: Nueva Orleans (que ocupa el lugar 22), St. Louis (31), Baltimore (37), Detroit (39) y Oakland (49). También se incluyen siete ciudades brasileñas en este grupo de élite: Vitoria (15), Recife (25), Salvador (29), Curitiba (32), Rio de Janeiro (44), Brasilia (45) y Porto Alegre (48).
En esta selecta lista de los top 50 revistan además trece ciudades mexicanas, seis colombianas, cinco centroamericanas (incluyendo cuatro capitales), cinco sudafricanas, cuatro venezolanas y dos iraquíes. San Juan de Puerto Rico (26), mezcla de Caribe y yanquilandia, es también parte de esta sangrienta estadística.
Pero curiosamente, tal no es el caso de la comunista La Habana, que por algún designio paradójico de la historia alberga una decencia argentina.
En realidad, el hecho de que el corte de este listado se realice, por definición, en la ciudad número 50 (que es Bagdad), beneficia la manchada imagen norteamericana, porque inmediatamente después se sitúan Cleveland, Washington y Kansas City. Y adyacentes a esos niveles militan también la capital colombiana de Bogotá y la gran urbe brasileña de Sao Paulo.
¿Imaginan ustedes, a estas alturas, cuántas de las ciudades de nuestra insegura Argentina militan en esta lista inicua? La respuesta en contundente: ninguna. Y si en vez de estudiar la lista de las 50 ciudades más propensas al asesinato, tomamos los 50 distritos sub-nacionales, es decir, provincias y capitales federales, tampoco encontramos alguna de nuestras jurisdicciones.
Pero nuestro país sí figura en el primer puesto de uno de estos listados, por suerte para los argentinos que nos gusta liderar encuestas! Se trata de las estadísticas que revelan la “sensación de inseguridad” en América Latina. Un informe realizado en 2008 por LAPOP (Latin American Public Opinion Project), anuncia que encabezamos el listado sobre la cantidad de personas que señalan sentirse “inseguras”, con un 27,47% de los encuestados. Chile y Uruguay vienen detrás nuestro, con un 22,23% y 22,04% respectivamente. Sin embargo, tal como muestra un informe preparado por FLACSO Chile y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), estos tres países son a su vez los que presentan las menores tasas de homicidios en el mismo año. Esto nos demuestra nuevamente el rol que cumplen los medios de comunicación a la hora de fomentar el pánico en nuestra sociedad. Tenemos miedo de salir a la calle aunque vivamos en una de las ciudades más seguras de todo el continente1.
Si para ubicar a nuestro Buenos Aires querido, tomamos la incidencia del homicidio culposo en las ciudades más pobladas de cada uno de los Estados miembros de las Naciones Unidas, verificamos que la porteña tasa de homicidios cada 100.000 es de 3,83, poco más de la mitad de la civilizada tasa neoyorquina de “tolerancia cero”, que alcanza los 7,3 homicidios. Nuestra ciudad se encuentra pegada a la mucho más pequeña Mónaco, sin duda más fácil de gobernar.
Estas estadísticas en materia de seguridad interior, son acompañadas, en nuestro país, por una política exterior y de seguridad basada en sólidos principios.
Tenemos una inusual confianza en nuestros vecinos, lo que constituye un experimento pacifista que resulta audaz, ya que no respeta los principios del equilibrio de poder que postula la teoría realista en las Relaciones Internacionales.
 
3. La seguridad ciudadana como medio efectivo del ejercicio de los derechos humanos.
Por lo menos desde la Ilustración, el intento por justificar la constitución de la sociedad y el Estado, a los efectos de explicar el hecho universal de su conformación y la inevitabilidad de su existencia, ha sido un eje central del pensamiento político occidental. Por cierto, desde Hobbes en adelante, filósofos políticos como Locke, Rousseau, Mill, Montesquieu y Spinoza, como también Marx y Engels, entre muchos otros, han generado sistemas de pensamiento ideológico que, al intentar explicar por qué y para qué existe el Estado, orientan el accionar político de los hombres y mujeres. Estos sistemas se han cristalizado en diversos regímenes políticos del presente y del pasado.
Las frecuentes visiones ontológicas centradas en una falaz imagen antropomorfa de la sociedad y el Estado, suelen desembocar en una idea autoritaria de la seguridad, como si ésta fuera un fin en sí mismo que está más allá de los derechos e intereses de los ciudadanos que componen el Estado. En contraste, el ideario auténticamente democrático, hoy en día centrado en la vigencia efectiva de los derechos humanos, aspira a construir un ordenamiento legítimo sin violencia, como un medio para posibilitar la vigencia y ejercicio de dichos derechos, haciendo de la persona un agente social que construye su subjetividad en un marco de creciente autonomía. Es así como la seguridad recobra sentido, en pos de la realización colectiva de la persona y su desarrollo integral.
A su vez, un realismo periférico bien entendido nos permite proyectar la relación sociedad civil / política exterior, orientándola hacia una vigencia plena de dichos derechos, y por ende hacia una visión centrada en la seguridad ciudadana, como medio específico para la realización personal en estos marcos2.
Un país seguro no es un país con un determinado orden, sino uno en el que las personas se  realizan en forma colectiva y autónoma. La seguridad pública requiere de un gobierno “civil” de los aparatos policiales, y de una planificación estratégica adecuada. Se requiere una estadística policial seria y bien construida, que supere la “criminología mediática” que se ha generalizado desde los medios masivos de comunicación, que genera una creciente e injustificada “sensación de inseguridad”. Por otra parte, la cooperación regional debe ser la base del combate efectivo de la criminalidad compleja, lo que exige un delicado trabajo de inteligencia criminal. Posiblemente, los que nos dedicamos a la investigación tendríamos que hacer nuestro humilde aporte, ya que nuestra reflexión puede ser de utilidad para los gobiernos y es nuestra obligación como ciudadanos pensar en mejorar las condiciones de vida de nuestros conciudadanos.
 
4. Un país seguro en un mundo complejo e incierto.
La Argentina cultiva una política exterior conformada por algunos pilares básicos, como el desarme unilateral y la no proliferación nuclear. En este contexto, nuestro país intenta fortalecer su alianza estratégica con los países de América latina, institucionalizada principalmente a través de bloques subregionales como UNASUR. Además, tiene un fuerte compromiso con las políticas de seguridad internacional del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
En cuanto al desarme unilateral, como se demostró en Escudé 2011, nuestro país tiene suficiente confianza en sus vecinos como para mantenerse desarmado, a pesar de que ellos continúan adquiriendo armamentos. Cumpliendo con el imperativo moral de incrementar los recursos destinados a políticas sociales, hemos rediseñado nuestra seguridad militar, anclándola en dicha confianza.
Por otra parte, las relaciones con Brasil en materia de no proliferación nuclear son un sostén fundamental de nuestra política de seguridad. Aunque hasta 1979, año de la firma del Tratado de Corpus-Itaipú, hubo competencia entre los dos países en el ámbito del desarrollo atómico, hoy la cooperación con nuestros hermanos brasileños es un ejemplo de amistad a nivel mundial.
El único fenómeno actual que puede constituirse en una amenaza real para nuestro país consiste en lo que se conoce como “nuevas amenazas”: por ejemplo, el narcotráfico y el lavado de dinero. Estas amenazas son claramente diferentes de los delitos comunes, pero de todos modos deben ser combatidas por las Fuerzas Policiales y de Seguridad, ya que la legislación argentina ubica estos problemas dentro del ámbito de la seguridad pública, excluyendo a las Fuerzas Armadas de la cuestión.
Nuestro país combate estos flagelos basándose simplemente en la cooperación efectiva con nuestros vecinos, y en la firme convicción en nuestros principios. No quiere ni debe seguir los lineamientos que los Estados Unidos intentan imponer, dado que esta superpotencia ya le ha mostrado al mundo su verdadera cara. Las contradicciones que imperan en su política, interna y externa, están ostentosamente visibles a partir de su legalización de la tortura offshore en la base de Guantánamo (usurpada a la hermana República de Cuba), y de su complicidad con el imperialismo petrolero franco-británico en la desgraciada Libia.
Así las cosas, nuestra región debe fortalecerse como una zona de paz única en el mundo (Escudé 2011). En nuestro caso particular, podemos sentirnos orgullosos de los índices de seguridad que supimos conseguir. Cierto es que estamos lejos de la tasa de homicidios intencionales 0 de Liechtenstein, la ciudad capital más subdesarrollada del mundo en materia de violencia homicida, pero no nos podemos quejar: en materia asesina, no somos un país avanzado.
 
 
__________________
Notas:
1. En los Anexos a este trabajo se podrán apreciar un conjunto de datos “duros” aclaratorios de la hipótesis que estamos sosteniendo.
2. Para ver la evolución y adaptación del realismo periférico, ver Escudé, 1992, 1995, 2001, 2007 y 2011.

Por, Carlos Escudé, Investigador Principal del CONICET. Director de Centro de Estudios Internacionales y de Educación para la Globalización (CEIEG) de la Universidad del CEMA, y del Centro de Estudios de Religión, Estado y Sociedad (CERES) del Seminario Rabínico Latinoamericano ‘Marshall T. Meyer’.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Pilar Calveiro: “El discurso de la inseguridad habilita la violencia estatal”

Entrevista. Pilar Calveiro. Politóloga. La autora de Violencias de Estado analiza los sistemas concentracionarios desde Auschwitz a Guantánamo. Cómo se despliega la voluntad de poder global capitalista a través de la “guerra contra el crimen” y la “guerra antiterrorista”.

Pilar Calveiro vive lejos. Se quedó viviendo en México desde 1979. Antes, vivía aquí, en Argentina, donde nació, hasta que su vida se le fue de las manos y quedó a merced de sus carceleros. Pilar Calveiro fue secuestrada el 7 de mayo de 1977, un sábado que en San Antonio de Padua diluvió. Antes de exiliarse, fue desaparecida y torturada brutalmente. Estuvo en centros clandestinos de detención, como Mansión Seré y Esma, a los que ella vinculó a la experiencia de encierro genocida nazi en un pionero libro de 1999, Poder y desaparición. Los “campos de concentración” en Argentina y la revisión de la militancia de izquierda –sobre todo en Violencia y/o política (2006)– hicieron de Calveiro una referencia, al punto que hoy el Ministerio de Defensa ha incluido su primer libro en la formación de los jóvenes militares de la democracia.

Esta vez, el pensamiento calveirano traspasó los entresijos de la memoria entendida como revisión del pasado y sus efectos y enhebró en un estudio del poder global actual las estrategias de las violencias pergeñadas desde el Estado-nación desde el final de la I Guerra Mundial. En este nuevo trabajo, Violencias de Estado, la guerra antiterrorista y la guerra contra el crimen como medios de control global, la autora, doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de México, se ocupa de entender las continuidades y rupturas que sobrevinieron con la “reconfiguración hegemónica” posterior a la caída de la Unión Soviética.

Profesora investigadora de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Calveiro sostiene que mientras que la guerra antiterrorista mantiene y expande el nuevo orden global, replicando las formas de lo concentracionario, la guerra contra el crimen “recurre a la reorganización jurídica y penitenciaria que conduce al encierro creciente en aras de la seguridad interior”.

De visita en Argentina, Calveiro conversó con Miradas al Sur. “Para mí, este libro es un acto de memoria, que no sólo es repensar el pasado, sino en cómo la experiencia del presente ilumina también ese pasado.”

–¿Por qué retomar la comparación de nuestro mundo actual con la lógica binaria de la Guerra Fría?
–Porque estamos en un momento de reorganización hegemónica. Sin embargo, el discurso dominante se presenta como si hubiese habido un corte radical en la historia. Efectivamente hay una reconfiguración amplia en lo político y económico, en lo simbólico y lo tecnológico, en lo ideológico y en el plano de las subjetividades. Pero esto ocurre en algunos sentidos como ruptura y en otros como profundización del mundo del siglo XX. El eje que recorre las dos épocas es que en el siglo pasado aparece una vocación de control mundial, que se manifiesta en los totalitarismos, que sigue como lucha de modelos ideológicos durante la Guerra Fría y que se zanja con un triunfador relativo.

–La victoria de Occidente…
–Que es una victoria hegemónica, pero no la es de ningún país: implica redes de poder nacionales y supranacionales, privadas y públicas que controlan el sistema-mundo. En tal sentido, hay una consumación de lo que se busca a lo largo del siglo XX. El libro trata, mirando desde los sistemas penitenciarios, de identificar algunas de las características de esta nueva forma de organización de poder global.
–¿Hay una línea ideológica que ata un proyecto de control entre Auschwitz y la Esma?
–Bueno, ésas son instituciones emblemáticas representativas de mucho más. “Auschwitz” es todo el sistema concentracionario nazi; “Esma” es todo el terrorismo de Estado en los centros clandestinos de desaparición de personas. ¿Qué cosas conectan o desconectan estos momentos? Cuando trabajé el tema de lo que llamé “campos de concentración” en Argentina en los ’70, lo hice a partir de las enormes semejanzas que encontraba en el modelo concentracionario nazi, según lo que habían contado Primo Levi, Bruno Bettelheim y la propia Hannah Arendt. Esto tenía que ver con la identificación de un grupo social como enemigo objetivo que debía ser eliminado a través de dispositivos tecnológicos desde el Estado. Había diferencias muy importantes, claro. En el caso alemán, se trataba de un régimen político que intentaba el control mundial, de millones de personas construidas como Otro racialmente diferente. En el caso argentino era un disidente político. Pero en el tratamiento de los Otros tenían muchas semejanzas.

–¿Y Guantánamo?
–Cuando digo “Guantánamo” aludo a toda esa constelación de centros de detención y tortura igualmente clandestinos, los “sitios negros” de la CIA. Lo que me encuentro aquí es que la forma de tratamiento de estos lugares de concentración de las personas que van a ser eliminadas opera de una manera casi inversa al modelo Auschwitz. Aquel modelo era masivo, en donde parte del tormento tenía que ver con el hacinamiento brutal de la persona, y en donde el tratamiento de la población concentracionaria era el de una sociedad de masas.

–En barracas.
–Sí, y muy sobrepobladas. En este modelo actual, en cambio, me encuentro con el aislamiento radical del cuerpo. Algunos de los testimonios de prisioneros de agujeros negros norteamericanos cuentan que una persona podía estar meses sin cruzarse con otra. Y con sus captores sólo podía hablar en el momento de su interrogatorio, personas que aparecían totalmente cubiertas. Ellos los llamaban “ninjas”. Entonces, esto me lleva a repensar la experiencia argentina, en donde hay una especie de punto intermedio entre esos dos momentos, Auschwitz y Guantánamo.

–¿Y cuál sería su característica admonitoria?
–En concreto, me pregunto si los centros clandestinos en Argentina no habría que llamarlos ya campos de concentración y aislamiento. Porque ahí también tenemos la idea –aunque menos radical– de que cada prisionero esté en un compartimento separado del resto. Ya aparece ahí también de una manera dramática, el método de la obturación sensorial, que no aparecía en el modelo concentracionario nazi. El uso de la capucha remite a este aislamiento sensorial que ahora se radicaliza en Guantánamo, donde se les tapan los ojos y muchas veces los oídos; incluso los guardias usan guantes para impedir el tacto, a los prisioneros les ponen una especie de mameluco que es como un chaleco de fuerza. Hay un control radical del movimiento y de la percepción. Es como si lo que ya estaba anunciado en el modelo concentracionario argentino ahora se profundizara brutalmente.

–¿Cómo definiría la violencia estatal ejercida en estas cárceles?
–Como vaciamiento. Es un fenómeno que tiene un preanuncio en los ’70 en Argentina. Me explico. De algún modo este nuevo orden procede de la búsqueda de la “apertura”, la “penetración”, para succionar y vaciar. ¿Qué cosa? Todo: los recursos naturales y económicos, el espacio político y la subjetividad. En la exaltación de la “apertura” y la “flexibilidad”, está la oposición semántica a lo rígido, que es vinculado al mundo bipolar. Ese discurso permitió la penetración de los intereses corporativos globales, que lo que hacen es vaciar literalmente y vaciar de sentido. El individuo pasó de ser pretendidamente racional, autónomo y ciudadano, a estar vaciado en su retracción al ámbito privado. A tal efecto, es interesante el término que se usaba en Argentina en los ’70 para la desaparición de las personas: “chupar”.

–Usted marca que esta succión se produce a través de lo que serían dos guerras casi perpetuas: la guerra antiterrorista y la guerra contra el crimen.
–Son guerras en las que no se puede preanunciar un final. Estos escenarios bélicos que se crean no disminuyen el problema, sino que lo potencian. Y con el costo pagado por los países donde Estados Unidos va a pelear la guerra antiterrorista; quiero decir, las víctimas las ponen estos países. Algo parecido pasa con la guerra contra el crimen. Hablo de “guerra” en el sentido de la persecución de un enemigo interno, pero se puede entender en términos bastante más amplios. Está vinculado con la centralidad del fenómeno de la seguridad, que se da en todo el mundo. Este imperio de “la seguridad” en la agenda de los medios de comunicación y en la política genera un sentido de que se requiere un tratamiento especial para ganarlas. ¿Cuál es el sentido de instaurar estos discursos? Sencillamente habilitar el despliegue de las violencias del Estado.

–Usted dice que las violencias estatales de la actualidad conviven en un Estado de Derecho con un estado de excepción. ¿Cómo es eso?
–Entiendo que se superponen distintas formas de aplicación del Estado de Derecho. Si antes el Estado de Derecho tenía la vocación de un carácter universal, tiende ahora a tener una aplicación diferencial. Pasa, por ejemplo, con los inmigrantes ilegales de Centroamérica en México. Se descubrió que gente del propio Instituto Nacional de Migración los secuestra para venderlos por cabeza a las redes del narcotráfico, para que a su vez éstas cobren un rescate chantajeando a las familias. Y nadie responde por eso, no hay sanción. Hoy hay una cancelación fáctica del derecho, un estado de excepción para algunos que no acceden a la defensa de sus derechos por parte del Estado.
–¿Hay nuevas maneras de torturar desde el Estado en el mundo global?
–A partir de la llamada “guerra antiterrorista”, Estados Unidos hizo un manual de prácticas permitidas, y entre ellas están, por ejemplo, el hecho de someter a la persona a temperaturas extremas, el submarino –el famoso waterboarding–, el mantener a las personas en posiciones estresantes y expuestas a ruido blanco. Es decir, se puede congelar a una persona en una posición desgarradora con un ruido que tampoco le permita dormir. Son prácticas desquiciantes. Pueden no dejar marcas físicas, pero producen un daño físico severo. Bueno, esas prácticas quedaron fuera de la nueva categorización de la tortura.

–¿Cuáles son los usos de la tortura hoy? ¿Han cambiado respecto de los de la Guerra Fría?
–Los usos de la tortura son múltiples y se ajustan a cada caso. La tortura es básicamente para obtener información. Ahora, cuanto menos se conoce del Otro y cuanto más distante es en términos culturales, la tortura es más brutal, puesto que existen menos herramientas para decodificar lo que el torturado dice. Ahora, el tema no termina en la información sino que la tortura se propone la destrucción y humillación del Otro concebido como enemigo.

–¿Es un modo de amedrentar a los que aún no han sido torturados?
–La difusión de la foto de Guantánamo de hecho está ligada con mostrar lo que te puede pasar si te convertís en enemigo de Estados Unidos o de este nuevo orden.
–En las fotos de Abu Ghraib, lo diabólico parecía estar en la expresión pícara de los guardiacárceles.
–Hay una dimensión de las fotos de Abu Ghraib que desde mi punto de vista es novedosa: el torturador se fotografía con el torturado en el momento mismo del acto violatorio. Hay muchos antecedentes de fotos en situaciones de guerra donde las tropas se retratan con cadáveres y enemigos sojuzgados o colgados de los árboles. Acá lo que sorprende son los gestos, las risas, los pulgares en alto en señal de victoria al lado de un cadáver o de pilas de cuerpos. Ellos en sus alegatos dicen que lo hacían para entretenerse. Hablan de apuestas entre ellos para ver quién lograba que el prisionero se orinara primero. Hay una naturalización de la tortura, lo que habla de la autorización de estos tratamientos por parte de la institución militar a estos soldados.

–¿Por qué interesa la puja jurídica en el plano del Derecho internacional para definir lo que es terrorismo?
–Originalmente en los ’70 ya existían atentados de tipo terrorista. Se entendía al terrorismo como aquel tipo de violencia masiva contra víctimas civiles elegidas de manera arbitraria, en aras de controlar una sociedad. Es claro que el mayor poder para infligir este terror es desde el Estado. En la medida que se va construyendo este escenario de guerra antiterrorista, se separa el Estado del terrorismo: cuando hay terrorismo ya no es el Estado. Luego, el terrorismo comienza a definirse por su intencionalidad política. Esta vaguedad hace que entre en la figura del terrorista casi cualquier forma de oposición social o política. En muchos países, estas leyes van a permitir operar contra cualquier grupo disidente. Es el caso de los mapuches en Chile, que no han producido una sola víctima mortal dentro de la población chilena y, sin embargo, son objeto de sanción por la legislación antiterrorista.

Fuente:

lunes, 6 de agosto de 2012

La inseguridad como condición necesaria.

En distintos ámbitos académicos y profesionales crece la tendencia a nominar las exigencias de baja en la edad de punibilidad sobre adolescentes mediante otro término que hace más transparente dichas demandas: la prisionalización. Dicho recurso lingüístico es más preciso que los anteriores pues, en definitiva, alude directamente al reclamo que muchos sectores presentan bajo distintos eufemismos como, por ejemplo, la consabida responsabilización penal juvenil. Es cierto que esta última se entremezcla con el bienintencionado compromiso con los Derechos Humanos de sectores que pretenden limitar la acción punitiva del Estado, garantizando un proceso judicial constitucional. Pero cuando advertimos, entre otros aspectos, con qué facilidad se encolumnan detrás de ella los sectores más autoritarios de la sociedad argentina, no pocas veces asociando delito juvenil con inseguridad, se vislumbra la dominante intencionalidad de fondo propulsada por algunos grupos de poder.

Es evidente cómo, cíclicamente, muchos delitos graves cometidos por mayores son opacados en la ‘opinión publicada’ a raíz de algún hecho presuntamente cometido por "un menor". ¿Qué extraño mecanismo subyace en esta evidente desproporción estadística, y tan arbitraria vinculación con eso que llaman inseguridad? Tengamos presente que la inseguridad no es un fenómeno local sino global (no por ello universal), con singularidades según cada región. Desde luego que la intensidad del problema no es la misma en Suiza que en España, o en los barrios residenciales de EE.UU. que en algunos de sus famosos barrios periféricos. Pero es real que se trata de una problemática cotidiana para Occidente. Al respecto, pensando desde y para Europa, el prestigioso sociólogo francés Michel Kokoreff (1) sostuvo recientemente que el modelo de Estado liberal no es inoperante en sus políticas de seguridad sino que las necesita ineficaces para asegurar la continuidad de las demandas ciudadanas sobre las mismas. Esto es así porque, al abandonar otras obligaciones (propias del Welfare State), encuentra debilitada su razón de ser a la que, con gusto renunciaría definitivamente. Pero como ello sería demasiado en el actual marco de valores políticos, defiende formalmente como propias unas pocas funciones: seguridad, educación, salud, justicia. Aún así, sin embargo, solo toma realmente la primera, haciéndola hegemónica. A partir de ella constituye la vía regia para la reconstitución de su legitimidad social. Si la lógica estatal liberal resolviera efectivamente el problema de la inseguridad atentaría contra su más importante fuente de sustento. Esto explica, en parte, la visible asociación entre lógicas liberales y penalización, ya no solo en Europa sino en países donde distintas facciones siguen viendo en lo extranjero-blanco una fuente de modelos a seguir, como si ninguna crisis civilizatoria cursara actualmente en aquellos espejos en los que se miran.

En esta matriz de pensamiento se inscriben las ideas de penalización atenuada, fuertemente propagandizadas, sin cuestionar distintos supuestos de base. Entre ellos encontramos la engañosa idea de la progresividad en la acción política: “cambiemos la ley ahora, después cambiaremos lo demás”. “Lo demás” remite a una ilusión de la que algunos se percatan y otros no, pues lo que se necesita es la transformación de la institucionalidad vigente y las matrices de pensamiento que la sustentan, en lapsos que exceden ampliamente la gestión de cualquier gobierno. Limitarse a transformar el marco jurídico, de esta forma y con la cuestión penal como norte de la acción encierra como mínimo tres yerros:
a) Insiste en relacionar la cuestión con la inseguridad;
b) Cree que el cambio de la norma jurídica es, siempre, un paso adelante en una línea progresiva inexorable (pecado capital del Positivismo); y
c) Abona el axioma erróneo según el cual infringir dolor al joven (penarlo, sancionarlo) opera constructivamente. Estos errores resultan, sin embargo, funcionales a la referida ineficacia que se ensambla con las tentativas reivindicatorias de las decadentes lógicas liberales.

Pretenden, inclusive, legitimar los Estados construyendo nuevos enemigos internos, por lo cual avanzan en términos de una visible militarización policial. Y por el contrario, casi no encuentran eco en estos grupos de poder las demandas en favor de nuevas lógicas garantistas que superen el límite de lo penal para, así, crecer con toda la potencia constitucional. Esto es lógico dado que, en definitiva, dichas propuestas se inscriben dentro del Constitucionalismo Social, fuertemente asociado con la redistribución de la riqueza y el avance hacia formas de co-responsabilización ante las situaciones de conflicto penal.

(1) Kokoreff, Michel (2010). Experiencias urbanas de jóvenes en Francia. Conferencia ante el XXIV Encuentro de la Asociación Argentina de Magistrados, Funcionarios y Profesionales de la Justicia de Niñez, Adolescencia y Familia – II Encuentro Regional de la Asociación Internacional Mercosur de Jueces de la Infancia y Juventud. Buenos Aires