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miércoles, 5 de septiembre de 2012

La historia que no se cuenta de Arancibia Clavel (Segunda Parte)

FAMILIA DE ESCRITORA ISABEL ALLENDE EN LA MIRA
Si bien el archivo de Arancibia Clavel muestra que el foco principal de su tarea son los exiliados, también está la prueba de que mantuvo vigilancia permanente sobre los otros chilenos que como él participaron de la conspiración para asesinar a Schneider y se refugiaron en Argentina.

Sobre Mario Igualt, cuñado de Roberto Viaux, informa el 21 de octubre de 1974: “Está trabajando para los servicios de seguridad argentinos de los cuales recibe una remuneración bastante alta. Su contacto es un oficial Schiaffino (del SIE)”. Cuatro días más tarde informa que Ramón Huidobro, embajador de Chile en Argentina hasta el 11 de septiembre de 1973, padrastro de la escritora Isabel Allende y la última persona –junto a su esposa, Francisca Llona– que vio con vida al general Carlos Prats, logró salir de Argentina. Estaba amenazado de muerte y lo buscaban para asesinarlo.

No era el único. En una orden perentoria enviada por “Luis Gutiérrez”, chapa que usa el jefe el Departamento Exterior de la DINA y que en esos días esconde la identidad del general Raúl Eduardo Iturriaga Neumann, se le pide “la ubicación de trabajo y domicilio particular de los más connotados del régimen pasado en Buenos Aires y Mendoza”. La primera nómina de los chilenos simpatizantes de la Unidad Popular viviendo en Argentina fue depositada personalmente por Arancibia en el escritorio de “Luis Gutiérrez” en Santiago.

Mario Igualt le sigue preocupando: “He sabido que Igualt utiliza en Chile una cédula de identidad falsa a nombre de Pino para negocios poco claros. En Argentina también tiene doble documentación. La falsa lleva el nombre de Horacio Pizarro”.

A medida que la represión recrudece en Argentina, Arancibia extiende sus nexos con los militares y civiles de la represión. El sacerdote salesiano Luis Gallo se trasforma a fines de 1974 en su blanco. Escribe: “Está en Santiago, es contacto de la guerrilla argentina de Córdoba con los extremistas chilenos. Deben cercarlo. Es muy hábil y peligroso”.

Uno de los puntos iniciales que demandaron mayor trabajo fue encontrar las vías más seguras para el envío de documentos desde y hacía Chile. Durante un tiempo se hizo a través de Sonia Montecinos, secretaria del encargado de negocios de la embajada de Chile en Buenos Aires, Carlos Osorio. En Chile, los sobres los recibía en el Ministerio de RR.EE. Miguel Poklepovic Klamce, quien debía llamar a “Don Elías” (otra chapa utilizada por Iturriaga).

Lo anterior me fue confirmado por el propio Poklepovic, en declaración notarial, quien incluso me informó que la solicitud de ayudar en esta tarea la recibió en Santiago, en la cena en casa de un familiar de Arancibia.

La vigilancia de la DINA en Buenos Aires se concentró en los chilenos que trabajaban en la CEPAL y en la Fundación Ebert, de la entonces Alemania Occidental. En uno de los documentos se lee: “El representante de la Ebert es Klauss Dressel, domiciliado en Florida 716, octavo piso, departamento C. Actúa junto a Walter Nocker, delegado laboral de la embajada alemana en Chile. Walter actúa como correo y enlace de los dos países. Obtener el máximo de antecedentes de la fundación así como de los sujetos mencionados”.

La respuesta la entregó Arancibia en persona en la sede de la DINA en calle Belgrado en Santiago. Y también agregó datos sobre su otro objeto de vigilancia, el grupo de Mario Igualt, al que veía como una competencia: “El padre Ernesto Rojas, quien hizo las acusaciones en noviembre de 1974, va a Chile a fines de diciembre, les avisaré para que tengan entrevista. Tiene mayores antecedentes de la red que ha tratado de formar Igualt en la que estarían Enrique Rojas, Julio Fontecilla, Jorge Arce y Carlos Labarca (cuñado del almirante Martínez Bush y todos prófugos por el crimen del general Schneider) . Este último sería contacto de un comandante Carrasco de la DINA con oficinas en el Ministerio de Justicia”.

Arancibia se equivocó. Igualt ya trabajaba para la DINA. Labarca también. Ello coincidió con la llegada del jefe oficial de la red DINA en Buenos Aires: el coronel Víctor Barría Barría. En un documento despachado desde Santiago se lee: “El coronel Barría es nuestro representante oficial y tú eres un jefe de información clandestino. Tus relaciones con él deben ser totalmente encubiertas. No te debes quemar. Debes seguir trabajando en la misma forma en que lo has hecho hasta ahora”.

LA CONEXIÓN ARGENTINA
El anuncio de la llegada del coronel Barría impulsó a Enrique Arancibia a desplegar una mayor actividad. En diciembre de 1974, el ex estudiante de ingeniería informa de un socio clave para la actividad represiva de la DINA en el exterior y la “Operación Cóndor”. Martín Ciga Correa, jefe de seguridad de la Universidad de Buenos Aires, le ofrece información de todos los chilenos, docentes y estudiantes, en dicha casa de estudios.

Pero Ciga era un viejo conocido de la DINA. Dirigente del grupo Milicia Nacionalista, participó del asesinato de Prats. No fue escogido al azar. Su historial terrorista habla de ello. Militó en los grupos de choque del nacionalismo argentino donde recibió el apodo de “Cristo” y en “Los Panzer”, un grupo armado de la llamada Juventud Nacionalista Socialista. Al morir Perón, el grupo de López Rega, fundador de la Triple A, convence a la presidenta Estela Martínez de designar ministro de Educación a Oscar Ivanisevich, quien pone como rector de la Universidad de Buenos Aires a Alberto Ottalagano. No fue un escándalo. La represión brutal lo impidió. Porque Ottalagano exhibe en su reseña académica ser el autor de un libro cuyo titulo es Soy fascista, ¿y qué?.

El nuevo rector y autor del libro contrató de inmediato a Ciga Correa como jefe de seguridad de la universidad. Muy pronto sería identificado como autor del asesinato de Daniel Winier, estudiante de Ingeniería, secuestrado el 29 de noviembre de 1978. Pero no pasó un día en prisión. Es Ciga el que a fines de 1974 le entrega a Arancibia una nueva información que éste transmite a Santiago: “El grupo que eliminó a Prats tendría una lista de otros 8 chilenos”. Ciga también le informa que Ramón Huidobro y su esposa Panchita ya están en Estados Unidos. El matrimonio nunca supo que saliendo apresuradamente de Argentina escapó de una muerte segura.

Lo mismo habría ocurrido –de acuerdo a estos archivos– con María Isabel Camus, ex ejecutiva de Codelco en tiempos de la UP y una de las 8 personas sindicadas como “blancos a eliminar”. “Su dirección es la misma que la de nuestro agregado naval. Todos los antecedentes de sus movimientos los tiene la SIDE”, informó Arancibia.

Todo eso costaba mucho dinero. Porque así como Arancibia recibía un sobre mensual con dólares de la DINA, un complemento de su sueldo en el Banco del Estado, los servicios que prestaba Ciga no eran gratis. Tampoco la información que entregaba. En un oficio enviado por Arancibia a Santiago, se lee: “Envío fotocopia de cheque pagado por Ciga a María José Riesco Bezanilla, chilena, por informaciones que esta entregaba a Ciga sobre chilenos en la Universidad (de Buenos Aires, UBA)”.

El calor de febrero (1975) no impidió que Arancibia siguiera los pasos de otros sacerdotes “conectados con el movimiento subversivo”, a quienes identifica en relación con el cura “jesuita estadounidense radicado en Salta, padre Haas, rector de la Universidad Católica de esa ciudad y amigo personal de Allende. Este cura es visitado asiduamente por exiliados chilenos y bolivianos”.

El negocio de las armas, por encargo de sus jefes, lo mantuvo ocupado en marzo de 1975. Su interlocutor era Luis Sanies, el “contacto lo inició Jorge Ramírez del Bank of America”. Sanies es “mayor en retiro, del Estado Mayor Conjunto, Jefatura Dos de Inteligencia, subalterno del general Della Croce y quien servirá de enlace directo con el almirante Peyronnel, actual jefe de la SIDE”. El viernes 14 de marzo a las 15 horas se lleva a cabo la cita.

Por el informe que despachó se desprende que la SIDE no está respondiendo a la colaboración con la DINA. “Sanies está de acuerdo en que la colaboración se haga en forma extraoficial, sin embajada”. Y agrega “todos los antecedentes sobre los ‘juguetitos’ que tiene para vender, entre ellos una cotización de proyectiles”.

Un aumento de su sueldo es el premio por este negocio con Sanies y su segundo (Horacio Sturlla), que se concreta en Santiago. Arancibia cambia de foco y pide que se investigue al subgerente de comercio exterior del Banco del Estado, Alfonso Ubilla, al tiempo que informa del aumento de desaparecidos por la represión en Argentina: “Han caído hasta el 13 de abril 160 personas, lo que hace un promedio de un muerto cada 15 horas. En los últimos días han caído 8 chilenos. Se estiman R.I.P.”.

“OPERACIÓN COLOMBO” PASO A PASO
Abril seria un mes en que Arancibia mostraría a sus jefes la eficiencia de sus contactos. El supuesto cadáver del ingeniero chileno David Silbermann, ex gerente de Chuquicamata, secuestrado en octubre de 1974 desde la cárcel en Santiago y desde entonces desaparecido, fue hallado en un estacionamiento de Buenos Aires. En el archivo de Arancibia están las hojas manuscritas con los datos de Silberman enviados desde Santiago para ese montaje. Sería el comienzo de una de las operaciones más brutales del régimen chileno: la “Operación Colombo”, que intentará hacer aparecer como asesinados por sus propios compañeros en el exterior a 119 detenidos desaparecidos chilenos. Arancibia jugará un papel clave en ese montaje.

“Adjunto material relacionado con los ejecutivos de las operaciones aparecidos en diferentes órganos de prensa. Va foto de Ubal Tahl, posiblemente RIP por coordinación federal. Las facturas que acompañan a Colombo se pagarán en el transcurso de la semana junto con 15 facturas argentinas”, dice el cable cifrado que le envió a “Luis Gutiérrez”, jefe del Departamento Exterior de la DINA. Las facturas son detenidos.

Pero no todo funcionó como estaba planeado. El 22 de abril, Arancibia le envió un informe al general Raúl Iturriaga: “Lamentablemente hasta el momento la publicidad para el caso ‘Colombo’ ha sido casi nula. Mañana me entrevistaré con Martín Ciga para saber exactamente qué pasó. Para esta semana están prometidos los dos restantes que aparecerán con 15 ‘criollos’. Espero que la publicidad sea mayor. Martín me solicitó atención de fotografía para aproximadamente siete personas. Espero llevarlas conmigo. También me ofreció un negocio con Isabel Camus”.

Isabel Camus estaba nuevamente en peligro. Como miles de chilenos y argentinos sobre los que se había desatado una cacería inédita. Arancibia viajó a Chile el 25 de abril para coordinar los detalles de la “Operación Colombo” en marcha. Los nombres de 7 prisioneros ya ejecutados, sobre los que Martín Ciga pide atención de fotografía (pasaportes o cédulas) se discutieron en el cuartel central de la DINA.

Como brazos operativos de la DINA, coordinados personalmente por Arancibia Clavel, se integró el grupo Falange de Fe, con sede en Córdoba y cuyo jefe era Jorge E. Flores Allende. Sanies también constituyó otro brazo operativo a sueldo. Dos brazos armados para actuar y reprimir en Buenos Aires y Córdoba según decidiera la jefatura de la DINA en Santiago.

LAS HOJAS MANUSCRITAS
La real es que ni Sanies ni Flores podían competir con el grupo de Ciga Correa, el principal brazo operativo que tuvo la DINA en Argentina. En las carpetas de plástico negras que conservó Arancibia quedó la huella macabra de esa sociedad. Con fecha 8 de mayo aparecen las listas manuscritas con los nombres de más de 100 detenidos chilenos a los que se debe hacer como ejecutados en Argentina. Son hojas de cuaderno simples, con borde azul y faltas de ortografía. Allí figuran nombres que jamás han tenido explicación porque no aparecen en ningún registro de prisioneros o desaparecidos: Samuel Ovando Abarca Molina, Gabriela Arredondo Andrade y Soledad Sepúlveda.

Ciga hacía su trabajo. Así se desprende del informe que despachó Arancibia el 16 de mayo sobre la primera fase de la Operación Colombo, “efectuada por el grupo de Martín Ciga en forma perfecta”, escribe. Un informe que estremece pues también allí detalló la eficacia de los grupos paramilitares que sembraban el terror en esos días en el país vecino. A los que Arancibia simplemente llama “comandos de ejecución”.

“Su ejecutor directo es el comisario Ramírez (a), ‘El Carnicero’, especialista en quemados y ahogados. Con los últimos acontecimientos políticos este grupo ha decidido unirse al grupo de Martín (Ciga)”, relató Arancibia a sus jefes al informarlos de su última adquisición: el grupo Arens.

La dirección del domicilio particular de Ricardo Lagos y de otros cinco investigadores de Flacso en Buenos Aires es la última anotación que agregó Arancibia en su detallado informe sobre los grupos paramilitares argentinos.

Pero algo ocurrió. El 23 de mayo despachó un informe con carácter de urgente: “Me ha llamado la atención el silencio con respecto a la ‘publicidad’ del caso ‘COLOMBO’. Desde hace una semana que no se tiene ninguna información de ustedes al respecto. Me gustaría saber a qué determinación se llegó para saber como manejarme con el periodista Carlos Manuel Acuña que me llama casi todos los días. Mañana obtendré todos los antecedentes que se mandaron a Santiago por intermedio de la Interpol. Las copias se las consiguió Vicente (coronel Víctor Barría) ”.

Colombo tenía problemas. Aún así, la conexión de la DINA con su símil argentino (SIDE) quedó nuevamente establecida. Sanies fue el nexo con el coronel Spinetto, “segundo del SIDE interior, es decir del trabajo subversivo”, escribió Arancibia. Y agregó: “Lo que les interesa es el contacto por si tuviera que hacerse un operativo no oficial”.

EL EMBAJADOR DISCOLO

La última fase de la Operación Colombo era inminente. Y en esos precisos días el embajador de Chile en Argentina, René Rojas Galdames, le disparó a Manuel Contreras un misil que jamás fue público: les cortó la valija diplomática a los hombres de la Dina. Arancibia enfureció y buscó alternativa. Será Michael Townley quien la encontrará en pilotos de Lan Chile que por unos pocos dólares aceptaron el trabajo. Pero Rojas quedó en una lista negra con cuentas por cobrar.

Más tarde, como consta en sus archivos, Arancibia recurrirá a un alto jefe de inteligencia argentino para que vigile y espíe al embajador Rojas y a su familia. La vida privada de sus hijas fue descrita con procacidad en los informes de la DINA, mientras la tensión entre Rojas y el coronel Barría crecía. Arancibia escribe: “Es fundamental que este señor entienda para quién trabaja. El embajador viaja ahora a Santiago. Seguramente irá a mover su mafia radical en contra de los funcionarios leales. Pido a la empresa que se tomen las medidas drásticas correspondientes”.

Años más tarde, en la noche del 10 de noviembre de 1981, la CNI haría explotar un auto al frente del domicilio del embajador en Santiago (Las Vizcachas), con cuatro ocupantes en su interior. La versión oficial señaló que los cuatro jóvenes, que murieron calcinados, preparaban un atentado a la casa del ex embajador cuando las bombas por error explosionaron. Lo que comprobó el juez Joaquín Billard años después fue que los cuatro ocupantes del automóvil habían sido detenidos previamente por la CNI. Uno de ellos hasta hoy no ha podido ser identificado, pues le faltaban la cabeza, los pies y las manos. Muchos creen que fue una venganza de los ex Dina contra Rojas.

LA HUELLA DE TOWNLEY
En esos días de 1975, en los papeles de Arancibia aparece Michael Townley por Buenos Aires. Ambos se conocen. Y muy bien. Desde que coinciden en la operación en la que se asesinó al general Carlos Prats y su esposa en una calle de Palermo en Buenos Aires (1974). Esta vez Townley irrumpe con un rol relevante en la Operación Colombo. El propio Manuel Contreras lo ha enviado con una tarjeta firmada por él y dirigida al subsecretario de Seguridad Interior, Héctor García Rey, para finiquitar Colombo.

En ella Contreras le ofrece “incondicional apoyo que tendrá de nuestra parte en todas sus actividades” y le pide “dedicarle unos minutos a quien es ya un viejo conocido suyo”. En efecto, Arancibia y García Rey se conocen. La tarjeta es el sello de que la misión que lleva el primero es oficial. Y al más alto nivel.

La reunión entre Arancibia Clavel y García Rey tiene lugar el viernes 1 de agosto. “Sobre las listas de chilenos entrados a la Argentina por diferentes pasos, entregados en su oportunidad por el señor Diego Castro (identidad falsa de Raúl Iturriaga Neumann), me las entregará con sellos y firmas tal como se planteó en la entrega original. Contestó que estas listas estarán el 5 de agosto y las va a confeccionar su propio hermano presente en la entrevista. Le pedí pasaportes argentinos en blanco a lo cual se comprometió a entregarme cinco el mismo martes 5”.

Lo que se le exige a García Rey son los papeles oficiales que acreditarán que los 119 chilenos a los que se quiere hacer aparecer como asesinados por sus propios compañeros en el exterior, efectivamente pasaron desde Chile a territorio argentino por distintos pasos cordilleranos. Son los mismos que aparecen en la lista manuscrita con más de 100 nombres de detenidos que estaba en su archivo.

Tras uno que otro inconveniente, y la oportuna intervención de otro socio importante de la Dina y protagonista de la guerra sucia argentina, Jorge Osvaldo Riveiro (alias “Rawson”, segundo al mando del SIE), la operación queda lista para su ejecución final. García Rey será mencionado en adelante como “Tito”. Meses más tarde, cuando García es amenazado de muerte, se le ofrece descanso y reposo en Chile para él y su familia. Lo mismo hace Riveiro, quien viaja a Santiago con su esposa con todos los gastos pagados por la DINA, el 2 de septiembre de 1975. Se embarca en Paraguay. Un tramo que será recurrente entre los hombres comprometidos en la Operación Cóndor, de los cuales Riveiro será pieza clave.

Así lo prueba un informe fechado el 27 de agosto de ese año, en el que Arancibia le escribe a Iturriaga: “El teniente coronel Osvaldo Rawson tiene la idea de formar una central de inteligencia coordinada entre Chile, Argentina, Uruguay y Paraguay”.

La historia que sigue se ha escrito ya varias veces. Tras la aparición de la revista argentina Lea (60 nombres) y el diario Novo O’Día de Curitiba, Brasil (59 nombres), con la nómina de los 119 chilenos supuestamente asesinados en Salta por sus propios compañeros, llegaron los titulares de la prensa chilena. El 23 de julio, miles de chilenos leyeron con horror: “Exterminados como ratones” ( La Segunda), “El MIR asesina a 60 de sus hombres en el exterior” ( La Tercera), “Identificados 60 miristas ejecutados por sus propios camaradas” ( El Mercurio), “Sangrienta pugna del Mir en el exterior” ( Las Últimas Noticias).

Durante varios días se destacó que por todos ellos se había presentado recursos de amparo “lo que demuestra la mentira que los marxistas han fabricado sobre la acción de los servicios de seguridad”. Ese montaje, uno de los más estremecedores que se vivió en dictadura y que puso por primera vez la palabra “desaparecido” sobre la mesa, fue digitado desde el cuartel central de la DINA y lleva la huella clave de Enrique Arancibia Clavel.

El régimen de Pinochet insistió a través de todos sus canales diplomáticos y políticos que no tenía ninguna relación con el montaje de la Operación Colombo. Aun cuando los sobrevivientes de las cárceles iniciaran una huelga de hambre insistiendo en que a la mayoría de ellos los habían visto en alguna de las cárceles secretas en donde los mantuvieron detenidos. Aun cuando quedara demostrado que la revista Lea tuvo esa sola edición en Buenos Aires, y salió de una imprenta de López Rega, el fundador de la Triple A de Argentina y socio de la DINA. Y a pesar de que lo mismo ocurrió con el diario de Curitiba, pero articulado por el cónsul de Chile en Río de Janeiro, Gerardo Roa.

“OPERACIÓN EUROPA”
Las operaciones de ejecución no terminaron con las repercusiones de Colombo. Por el contrario. En los archivos de Arancibia Clavel está la prueba. Ciga Correa pidió más “trabajos” a ejecutar en Buenos Aires o en cualquier otra ciudad del mundo; y “una metralleta Sterling o del tipo, más silenciadores”. Y le puso un alto precio a su función.

Una acotación de Arancibia retiene la atención: “Martín pregunta si la ‘Operación Europa’ va a necesitar colaboración de parte de ellos”. El 15 de agosto, Ciga recibe una respuesta afirmativa: trabajará en el “tramo alemán” de la “Operación Europa”. Y sólo eso. Hoy sabemos que en ese momento faltaban sólo días para el atentado contra Bernardo Leighton y su esposa, ejecutado el 5 de octubre en Roma. Ambos sobrevivieron, pero con graves secuelas. Y también, del fallido intento de asesinar al terrorista venezolano Carlos “El Chacal” (Ilich Ramírez Sánchez) , a cambio de una gruesa recompensa que le pide Manuel Contreras al Sha de Irán. ¿Cuáles fueron los otros atentados? ¿Cuántos tuvieron éxito? No hay respuesta aún.

Pero los archivos de Aranciba entregan otras respuestas. Como lo que ocurrió cuando el dirigente del Mir Jorge Isaac Fuentes Alarcón (“El Trosko”), fue detenido en Asunción y entregado por la policía secreta de Paraguay a la DINA. Cuando se entera en Buenos Aires el teniente coronel Riveiro “Rawson”, se enfurece. Está convencido de que Fuentes tiene información clave de la Junta Coordinadora Revolucionaria y lo quiere para ellos. Los servicios se disputarán las presas de la cacería humana haciendo trastabillar la incipiente cooperación.

No es el único problema que enfrentan la DINA y Arancibia en esos días. Porque Riveiro (“Rawson”) es informado de que Manuel Contreras ha organizado una reunión de coordinación de los servicios secretos de las dictaduras del Cono Sur en Santiago. La que consideraba su idea original debutaría en noviembre y él no estaba invitado. El oficial argentino estalla. Arancibia movería sus piezas en los días en que Manuel Contreras se preparaba para inaugurar oficialmente el 26 de noviembre la Operación Cóndor en Chile. Oficialmente, porque en los hechos hacía ya un tiempo que la coordinación para asesinar opositores estaba en marcha.

LA CAPTURA DE EDGARDO ENRIQUEZ
La actividad represiva no para. Días antes del estreno de Cóndor, el 17 de noviembre de 1975, Arancibia despacha el siguiente informe a Santiago: “Según informaciones del comandante Jorge Osvaldo (Riveiro), ‘Pollo Enríquez’ ubicado en Baires. Se esperan novedades. El tal Claudet (Jean Ives Claudet, detenido desaparecido) podría ser Humberto Sotomayor, enviar foto. Claudet es RIP. En últimas instrucciones de la Junta Coordinadora Revolucionaria aparecen involucrados Renán Fuentealba y Bernardo Leighton”.

El jefe del MIR, Edgardo Enríquez, sería detenido en Buenos Aires. Su detención y eliminación marcaría un hito en la DINA. La participación del aparato del SIE en su captura no fue gratis. La DINA ofreció conectar los dos servicios en forma directa y permanente a través de un telex especial que la propia DINA financió y proporcionó. Manuel Contreras cumplió. En marzo, la coordinación de los servicios represivos secretos de Chile y Argentina pasa a un nivel superior. Un detalle sorprende. Revisando el archivo de Enrique Arancibia Clavel se advierte que en esos días de noviembre de 1978, con la guerra inminente entre ambos países, ese telex nunca dejó de funcionar. La guerra sucia no tuvo tregua.

NUEVOS SOCIOS PARA EL TERRORISMO
Los documentos que contiene el archivo de Arancibia Clavel, el único que finalmente se haya encontrado de la DINA, son un registro impactante del horror. Allí están las cédulas de identidad de algunos de los desaparecidos que siempre se negó que hubieran sido detenidos. Fotos de cuerpos despedazados, mutilados o carbonizados. ¿Qué hacían en Argentina? Un misterio. Porque Arancibia siempre rehusó hablar de ello.

Tampoco se sabe más que lo que está en esos papeles del seguimiento, detención y asesinato de Alexei Jaccard Siegler, quien aterrizó en Buenos Aires el 16 de mayo de 1977. Venía de Europa y traía consigo dinero para llevar a Chile a sus compañeros del Partido Comunista. Al día siguiente de su arribo fue capturado. Su rastro se perdió, pero en los informes figuran algunas claves sobre la tortura que sufrió y su ejecución, como también sobre la cacería que se desató y que terminó con otros 15 chilenos desaparecidos.

Un episodio que revela la otra cara de la represión: el robo permanente de dineros y objetos de valor de los que eran despojados los prisioneros. Al punto que los hombres de Ciga Correa, del italiano fascista Stephano Delle Chiaie y los cubanos Virgilio Paz y los hermanos Novo, más Arancibia y otros chilenos, terminan formado una sociedad cuyo objetivo será secuestrar empresarios para cobrar rescates y traficar armas. Un capítulo que ningún tribunal ni argentino ni chileno ha investigado hasta ahora.

En los archivos de Arancibia hay varios documentos que prueban la nueva incursión de los agentes de la represión. Como el que da cuenta de la reunión que Ciga Correa, Virgilio Paz y otros tienen en junio de 1976 en la casa cuartel que habita Michael Townley en Lo Curro, para “planificar una serie de secuestros a realizarse en Argentina dada la necesidad de conseguir fondos propios”.

EN LA MIRA DEL FBI

Hacia fines de 1976, la necesidad de dinero que revelan los hombres del terrorismo internacional se hace más evidente. Así también los lujos que se permiten. Enrique Arancibia Clavel no se queda al margen. Con su pareja Humberto Zambelli, se han convertido en socios como propietarios del departamento en el que viven juntos en Buenos Aires. Para los fines de semana, se han comprado un terreno en el sector residencial de Tortuguitas y allí se hacen construir un quinche, una especie de palafito con techo de paja, y una piscina. Un perfecto refugio de descanso. Todo aquello requiere dinero. Arancibia explorará nuevas vetas comerciales para su grupo. También coordinará compras más complejas.

Como la que informa en un misterioso sobre que despacha desde Buenos Aires dirigido a Alejandro Bontempi de Operaciones Lan Chile en Santiago. Al interior hay otro sobre más pequeño dirigido a “Luis Gutiérrez” y su número de teléfono en el cuartel general de la DINA: 31402. Arancibia espera impaciente la respuesta. Como no llega, se alarma. Y manda un telex.

En el sobre pequeño iba el informe de las compras de pertrechos efectuadas por “Javier” (el cubano Virgilio Paz, quien participó en el asesinato de Orlando Letelier, fue condenado por la justicia de EE.UU. y se refugió un tiempo en Chile), por encargo de la DINA: equipos de radio y otros elementos para la fabricación de bombas del mismo tipo que la que se utilizó para asesinar a Carlos Prats y su esposa en 1974.

Y se fabricaron. Y se usaron. Así lo demostró la justicia estadounidense en un terreno de experimentos: la misma bomba que asesinó a Prats en septiembre de 1974, se utilizó en septiembre de 1976 para hacer explotar el auto en que viajaba Orlando Letelier y su asistente en Washington.

Los elementos fueron comprados por Virgilio Paz, quien utilizó una cédula de Alejandro Bontempi, haciéndolo residir en Argentina. En los archivos de Arancibia está la huella.

Operaciones que terminaron con Enrique Arancibia en la mira del FBI. El 12 de octubre de 1977 queda registrado en la agenda del agregado del FBI en Buenos Aires, Robert Scherrer, su cita con Arancibia, quien se presenta como “amigo” del coronel Víctor Barría, el jefe oficial de la DINA en Buenos Aires. Le pide visa para viajar a California. Son días en que según los archivos están en marcha varios negocios para conseguir fondos. Y todos terminan en Estados Unidos.

La visa le costará caro. Porque más tarde Scherrer dirá que sin que se lo pregunte, Arancibia le cuenta que su trabajo en el Banco del Estado es sólo una cubierta para su trabajo real como jefe de la red clandestina de la DINA en el vecino país.

El final de estos archivos coincide con la pérdida del poder total que gozó Manuel Contreras y sus hombres. La descomposición trasunta en cada informe. Mucho más en las cartas que oficiales le escriben a Arancibia desde Chile. Un capítulo que lleva al entramado oculto de la gestación, financiamiento y desarrollo en Chile de la “Operación Cóndor”, que sirvió para desplegar en los ’70 y años 80, un enorme aparato de terrorismo de Estado internacional en concomitancia con los servicios de seguridad de las otras dictaduras del Cono Sur. Y todo ello bajo el alero logístico y financiero de la DINA.

Cientos de agentes desplegados por el mundo, sofisticadas redes de comunicación, fabricación de armas químicas y biológicas, viajes, pagos a agentes de otros países y muchos otros ítems requirieron de una estructura de financiamiento millonaria que salió de las arcas del Estado de Chile y de una compleja red de sociedades asentadas en paraísos fiscales.

Aún hoy esas redes mantienen contactos y vínculos de protección. Así lo reveló el asesinato del químico de la DINA, Eugenio Berríos, en Uruguay en 1993, quien trabajó precisamente para ese secreto Departamento Exterior fabricando armas químicas. Arancibia lo conoció muy bien. En su archivo hay varias referencias a “Hermes”, su nombre de batalla en la DINA y las réplicas que provoca su imprudencia al haberlo mencionado con nombre y apellido en uno de sus telex. Y también, una de sus tarjetas de visita.

La prueba de esa red de impunidad es la libertad de la que gozaba el propio Arancibia Clavel desde 2007 en Buenos Aires por un incomprensible interpretación legal de sus condenas. Más grave aún es la total impunidad de la que goza hasta hoy Martín Ciga Correa. No sólo porque proporcionó la principal ayuda que permitió poner la bomba en el auto del general Prats, un doble crimen por los que nunca ha sido interrogado. Ciga posee la llave que conduce a los secretos del destino final de muchos detenidos desaparecidos de Chile y Argentina. Y también de qué se hizo con grandes cantidades de dinero que alimentaron la represión.

 
Por : Mónica González en Reportajes de investigación
Fuente: ciperchile.cl

martes, 4 de septiembre de 2012

El odio mató a Arancibia Clavel.

El agente secreto de Pinochet, condenado por el asesinato del General Prats y su esposa, vivía encerrado en un pequeño departamento en el centro de Buenos Aires. Sólo salía para comprar cigarrillos. A los 66 años, pasaba horas sentado frente a la computadora seduciendo jóvenes porteños en sitios gay, o mirando algunas de las seis mil películas de su videoteca. En abril de 2011 un taxi boy lo mató de 34 puñaladas. El cronista chileno Cristóbal Peña reconstruye la doble vida del espía que pasó sus últimos años entre la libertad vigilada y el temor a una venganza, pero murió víctima de un crimen de odio.

-¡Hay un muerto, hay un muerto!
 El que gritaba era un muchacho que el conserje del edificio describió como una nena presa de un ataque de nervios. Un marica de unos veinte años, precisó. Decía ser el ahijado del hombre que vivía en el 1° D. Decía que minutos antes, caía la noche en Buenos Aires, había encontrado a su padrino tendido boca abajo sobre un charco de sangre.

-Venga, por favor, venga, hay un muerto –suplicó.
El alerta del conserje movilizó al mismísimo jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, que no dudó de marcar el número de la viceministro de Seguridad Cristina Caamaño. La funcionaria se dirigió a la escena del crimen tras ser informada, quien sabe por qué curiosa razón, que el fallecido era Galvarino Apablaza, ex subversivo chileno acogido a asilo político y reclamado en su país por la muerte de un senador.

Ya en el lugar de los hechos quedó claro que se trataba de un chileno muy distinto al que se creía. Un chileno tanto o más célebre, que merecía el sensacional despliegue que estaba en marcha.

Enrique Arancibia Clavel, sesenta y seis años, ex agente de la dictadura de Pinochet condenado por el crimen del general Carlos Prats y su esposa, había sido brutalmente apuñalado en su departamento de Lavalle 1438, en pleno centro de la ciudad. La noche de 28 de abril de 2011, cientos de víctimas de las dictaduras de Chile y Argentina se cobraban Justicia de una manera insospechada.

Lo que vio el muchacho que encontró el cadáver y más tarde la viceministro y la policía y los médicos era para poner los nervios de punta a cualquiera: un cuerpo tendido boca abajo sobre el piso de una salita de estar que hacía las veces de oficina; el reguero de sangre que avanzaba hacia el pasillo, la toalla ensangrentada cubriendo un cuerpo perforado. En esa escena, un tipo de crimen que se repite como la cara más violenta de la homofobia, víctima del odio, murió el espía más siniestro de Pinochet.

El informe de autopsia, elaborado esa misma noche, estableció que el ex agente había recibido treinta y cuatro lesiones de distinta profundidad realizadas por arma blanca. Los cortes más comprometedores se encontraban a la altura del cuello.

La salita no presentaba muestras de una escena violenta, siquiera un forcejeo. En el lugar había una gran pantalla LCD, un juego de sillones, un mini bar y esa fabulosa colección de películas clasificadas del uno al seis mil, que llamó la atención de la policía. La mayoría eran de corte familiar: dramas, bélicas, comedias románticas, y algunas pocas porno. De no ser por algunas salpicaduras de sangre, el video club personal de Arancibia exhibía una pulcritud admirable.

Temblando, entre sollozos, el muchacho que se identificó como David Elías Borelli dijo que su padrino vivía solo. Y que esa tarde, como no contestaba los llamados, decidió ir a verlo a su departamento. Que lo había encontrado. A la medianoche, en la División Homicidios, reconoció que Arancibia no era su padrino sino su novio, que lo había conocido en un foro por Internet. En un par de meses cumplirían dos años de relación.

Borelli decía desconocer el pasado de Arancibia Clavel. Para el muchacho, entonces de diecinueve años, estudiante nocturno de secundaria, el chileno era una persona “muy culta”, aficionado al cine y la literatura, que vivía con cierta comodidad gracias a una flota de taxis que administraba por intermedio de un testaferro al que conoció en prisión.

Unos meses después, Rodolfo Gutiérrez, jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, dirá que desde un primer momento, por razones obvias, David Elías Borelli encabezaba la lista de sospechosos. También dirá que ese muchacho flacuchento, que tenía un modo de nena, tan sumiso, tan frágil, no encajaba con el perfil de un asesino.

Con la melena a la altura de los hombros, estilo Roberto Carlos, Hugo “Adrián” Zambelli fue al aeropuerto de Ezeiza para recoger a su novio chileno que volvía de un viaje de negocios. Era noviembre de 1978. Chile y Argentina estaban próximos a irse a la guerra por tres islas del canal de Beagle. El efusivo beso con que recibió a Enrique Arancibia Clavel quedó a la vista de los agentes encubiertos argentinos que seguían los pasos de la pareja.

Luego de que subieran  a un auto, la policía los detuvo. El chileno estaba acusado de espiar al gobierno argentino por encargo del gobierno de su país. Un buen embrollo quedaba al descubierto. El doble agente tenía una doble vida.

Arancibia lo había conocido a principios de 1974, cuando Zambelli, bailarín y peluquero argentino, formó parte de la primera compañía de revistas montada por Susana Giménez. La Revista de Oro, éxito de taquilla del Teatro Astros. A su modo, en el contexto de la época, Zambelli era una celebridad. Había grabado un disco intrascendente que tituló Ay, amor, dime que sí, y su nombre figuraba en espectáculos de revistas de Moria Casán, Valeria Lynch y la Giménez.

Compartían un departamento en Virrey Loreto, en barrio Belgrano, y secretos de alcoba que también eran secretos de Estado. En 1978 Arancibia informaba a su país del amorío que mantenían el almirante Massera con la vedette Graciela Alfano, compañera de trabajo de Zambelli. “Últimamente se ha sabido de costosos regalos que le fueron hechos” a la vedette por el marino, se lee en el cable secreto que reveló los alcances de una relación afectiva.

La del agente y el bailarín era una relación estable y seria, de compromiso. El coreógrafo Salvador Estévez, que dirigió la Revista de Oro, testificó ante la justicia que el vínculo entre ambos “era íntimo por su estrechez y por la importancia que tenía para ambos”. Un vínculo secreto. Tan secreto como las actividades de espionaje que el chileno desarrollaba tras una fachada de ejecutivo bancario.

Arancibia era hijo, nieto y hermano de militares chilenos. Militares machos, conservadores y de derecha, cuyas vidas parecen predestinadas aún antes de nacer por una matriz de rectitud que no admite fisuras. Arancibia, a su modo, formaba parte de una matriz de fisuras.

Tras un corto paso por la Escuela Naval, y mientras estudiaba Ingeniería en la Universidad trasandina, se vinculó a grupos subversivos de derecha que pretendieron impedir el ascenso al poder de la izquierda en Chile. Su nombre aparece mencionado en el proceso judicial que se siguió por la muerte del ex comandante en jefe del Ejército René Schneider. Cuando fue identificado por la justicia ya estaba refugiado en Buenos Aires. Era 1971, primer año de experimento de gobierno socialista a la chilena.

En Argentina se vinculó a nacionalistas decididos a enfrentar con todos los medios de lucha el avance de la izquierda en el continente. Y esos medios se facilitaron enormemente una vez que los militares se tomaron el poder en Chile y más tarde en Argentina.

Según quedó acreditado en la sentencia judicial que lo condenó a cadena perpetua por el crimen del general Prats, desde marzo de 1974 Clavel operó oficialmente como agente del Departamento Exterior de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), “cargo de extrema confianza” que ejerció bajo la cobertura de gerente bancario. Para esos efectos operaba con el nombre de Luis Felipe Alemparte Díaz.

“El ingreso de Arancibia a tan selecto grupo pudo hacerse realidad en virtud de la estrecha ligazón familiar que existía entre su padre y hermanos -todos ellos militares de profesión- y los círculos castrenses”, se lee en la sentencia. También se lee que la asociación ilícita de la que participó activamente tenía “el fin de perseguir, reprimir y exterminar sistemáticamente a los opositores políticos del nuevo régimen dictatorial establecido en la República de Chile”.

El papel que le cupo en la persecución de opositores comenzó a revelarse en toda su magnitud a partir de 1978, cuando fue detenido en compañía del bailarín de Susana Giménez.

Al allanar la casa que ambos compartían en Belgrano la policía encontró un completo archivo con informes secretos que el agente enviaba regularmente a Chile. Un archivo del horror que documenta los alcances de la colaboración entre los servicios de inteligencia del cono sur para eliminar opositores. En esos informes está la punta de la madeja de casos de personas a las que se les perdió el rastro para siempre o que aparecieron muertas.

Ayudado por la Secretaría de Inteligencia de Estado argentino, el agente chileno tenía montada una máquina de espionaje que se ocupaba de los más mínimos actos de disidencia.

En un cable fechado en diciembre de 1974, comunicaba a Santiago de las actividades del grupo musical chileno Los Jaivas, cuyas canciones “en un 90% son dedicadas a insultar al actual gobierno nuestro”. Luego de clasificar el repertorio del conjunto como “música de protesta”, el agente recomendaba que “sería interesante tomar medidas a nivel oficial con esta gente”.

Si bien los cables quedaron adjuntos al proceso judicial por la acusación de espionaje, estos no cobraron publicidad sino hasta 1986, cuando la periodista chilena Mónica González los encontró en un armario judicial. Catorce años después, esos cables sirvieron como medios de prueba para condenar a Arancibia Clavel por su papel en la planificación del atentado explosivo que en septiembre de 1974 despedazó al general Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert.

Una segunda condena se le vino en 2002. Las chilenas Laura Elgueta y Sonia Díaz reconocieron a Arancibia como uno de los hombres que las torturaron en el campo de detención Club Atlético. Lo delató su rostro, su voz y esa inconfundible estela a colonia Flaño, muy de moda entre los machos chilenos de la época, que el agente dejaba a su paso. En su declaración judicial, Elgueta recordó que fue sometida a la picana eléctrica y que el agente chileno jugaba al policía malo mientras otro de origen argentino hacía de bueno.

En estas cosas ocupaba sus días el hombre que se hacía llamar Luis Felipe Alemparte Díaz, falso ejecutivo bancario que en las noches se confundía con la rutilante decadencia de la farándula porteña.

En el estilo parco y notarial de la Justicia, el fiscal a cargo del caso recogió el informe de la médico legista Ana Patricia Spinetti para dar cuenta de algunos hechos observados en el lugar donde fue hallado el cuerpo de Arancibia Clavel: “Se dejó constancia que el cadáver fue hallado tapado parcialmente por un toalla ensangrentada, la cual fue removida por personal del SAME (Sistema de Atención Médica de Emergencia) al momento del arribo; que poseía una camisa, un jogging deportivo y no tenía ropa interior, poseyendo colocados un reloj y un anillo.

En cuanto al examen lesionológico se dejó asentado que se observaban múltiples lesiones causadas por arma blanca punzo-cortante en varias regiones corporales, concentradas especialmente en rostro, cuello y parte superior de tórax.

Por otro lado se ha indicado que la puerta de entrada a la vivienda no se encontraba forzada, lo que permitía presumir que la víctima permitió el ingreso del agresor, también se indicó en cuanto al número de atacantes que presuntamente fue uno solo, aunque no puede descartarse la participación de otra persona; escasos signos de violencia en la morada en sí, cuya mayoría de objetos y muebles no revelaban el desorden de una gran lucha, y escasos signos de lesiones de defensa en las manos del occiso.

Asimismo se ha dejado asentado que todas las lesiones fueron causadas por un arma blanca y son vitales, es decir, han sido ocasionadas en vida de la víctima, como así también que las heridas resultan ser de dos clases: incisas o cortantes y punzo cortantes, cuyas características permiten presumir que el arma se trataba de un elemento cortante de buen filo.

En cuanto al ataque se ha sostenido que resultó fulminante y por sorpresa, no dando margen a maniobras de defensa significativas o de escape a la víctima, estimándose en muy breve tiempo de sobrevida de la víctima como consecuencias de las cuantiosas hemorragias en virtud de las numerosas y extensas lesiones en la región del cuello”.

Al caer la noche, este edificio del centro de Buenos Aires cobra un aire triste. Las oficinas de abogados, médicos y contadores comienzan a vaciarse y la calle, que ha tenido un nervioso ajetreo, se torna inhóspita y fantasmal: una tierra de nadie.

Tras acogerse a una rebaja de pena que le permitió ahorrar años de cárcel, Arancibia llegó a vivir aquí en 2007. Ocupaba un departamento de dos ambientes y era uno de los pocos residentes del edificio. No es extraño entonces que en esa tarde abril nadie hubiera escuchado gritos, siquiera un alboroto, proveniente del 1° D.

A partir del testimonio de su novio, y de los pocos que lo frecuentaban con regularidad, se puede establecer que su día arrancaba tarde, hacia el mediodía, con un café, un cigarrillo, una batería de suplementos vitamínicos y minerales y una aspirina. Luego de una ducha encendía la computador.

Ya sea por pereza o seguridad, Arancibia no era de salir. Lo hacía por asuntos muy puntuales. Para comprar cigarrillos Winston en el quiosco de la entrada del edificio, para recoger la recaudación del día de los taxis o cenar en algún restaurante del barrio. El resto del tiempo transcurría frente a la pantalla del computador.

Para un ex agente secreto como Arancibia, que vivía bajo libertad vigilada, que no podía salir del país ni confiarse demasiado, internet era todo. Un mundo virtual, solitario, monótono. Mataba el tiempo leyendo la prensa en línea y navegando entre correos, foros y juegos de rol. Glory of Rome lo tenía atrapadísimo: el juego exige la conquista estratégica de territorios para la conquista de una civilización superior.

A alguna hora del día, entre las películas y los comentarios en distintos foros, Arancibia también trabajaba.

Marcelo Roma, el fiscal que llevó la investigación, dirá que Arancibia anotaba cada peso que entraba o salía de los taxis. Lo mismo hacía con su colección de películas, de las que llevaba un registro acabado de títulos ordenados alfabéticamente y numerados del uno al seis mil y tanto. Quizás por su formación militar, quizás por sus estudios de ingeniería, el ex agente era un hombre estructurado como un cubo, de ideas fijas y rutinas inalterables.

Esa manía enfermiza por el orden y las cuentas lo llevó a conservar el archivo de cables secretos que la policía encontró a fines de los setenta. Probablemente esa manía también ayudó a que el negocio de los taxis marchara sobre ruedas. Llegó a tener cuatro. En los días en que fue apuñalado estaba próximo a comprar un quinto.

El fiscal Roma dirá también que la mayoría de los contactos sexuales los conseguía en foros de Internet. A David Elías Borelli lo conoció así. Borelli estaba con Arancibia por algo más que un interés económico. El chileno lo obligaba a pagar las cuotas del teléfono celular que le había comprado. Así era Arancibia.Desde la División Homicidios de la Policía Federal, un lugar frío y silencioso, el subcomisario Rodolfo Gutiérrez dirá que si bien nada podía descartarse en la investigación desde un comienzo se pensó en un crimen pasional. Todos los elementos apuntaban a eso. El perfil de la víctima. El ensañamiento irracional del victimario. Los objetos valiosos que nadie robó.

El círculo íntimo de Arancibia se reducía a tres personas. Cuatro, contando al novio. Estaban Borelli, una empleada doméstica, un joven asistente que se relacionaba con los chóferes de la flota de taxis y un socio y testaferro al que había conocido mientras estuvo detenido en el Edificio Centinela.

Juan Carlos Ortigoza era el gendarme encargado de llevar el almuerzo y la cena a los pocos y renombrados detenidos que se encontraban en el Centinela. Ahí trabó amistad con el chileno, a quien respetaba por su deferencia y su buen trato. También por su cultura, especialmente en “temas literarios”, según le dirá al fiscal.

Entre ambos había una un respeto, una estima mutua, no más que eso, precisará Ortigoza.
Una vez que el chileno salió en libertad, Ortigoza terminó confiándole sus ahorros para la compra de taxis que quedaron a su nombre. Al testaferro de Arancibia la política lo tenía sin cuidado. Recibía un porcentaje de las ganancias y se mostraba agradecido.

De la recaudación se encargaba su joven ayudante, sino él mismo, que bajaba a calle Lavalle a buscar la recaudación del día. Se la entregaban los chóferes. No tenía buen trato con ellos, dirá el fiscal. Desconfiaba, los miraba en menos, especialmente a los paraguayos.

Los chóferes, como el novio, el socio y el asistente personal estuvieron en la mira de la investigación. Los contactos sexuales de ocasión, también. La policía revisó el historial de los computadores y los teléfonos. A dos semanas del crimen, después de un largo desfile de chicos, surgió una pista. El 28 de abril Arancibia había recibido una llamada hecha desde un locutorio telefónico de la Avenida de Mayo. Tras revisar los videos del local, y poner un policía de custodia, identificaron a un chico con heridas en brazos y piernas. Se llamaba Ángel Gabriel Cabral. En la habitación que compartía con otro muchacho, la policía encontró un cuchillo cocinero con manchas de sangre y el teléfono móvil de Arancibia.
-Cuando lo detuvimos, el chico lloró y confesó –me dirá Gutiérrez-. Pero después se mostró tranquilo y guardó silencio… ¿Cómo era? Un chico, normal, delgado, pelo crespo, morocho, veinte años, bien vestido. Me parece que venía de Misiones. Un lindo chico.

Ángel Gabriel Cabral no declaró ni lo hará. Permanece detenido desde entonces, a la espera de un juicio por un hurto, previo al asesinato de Arancibia. El fiscal lo acusa de homicidio agravado y pide cadena perpetua. Lo inculpan los objetos hallados en su poder y las muestras de sangre encontradas en el departamento.

El novio de Cabral sí declaró. Francisco Javier Arzamendia dijo que en los días previos al crimen Cabral estaba de muy mal humor, irritable, agresivo. Algo lo violentaba profundamente. Se habían conocido hace pocas semanas en las cercanías del Obelisco. Arzamendia era botones de un hotel; Cabral decía ser empleado de una empresa de aseo, aunque en realidad se ganaba la vida como taxi boy.

El día del crimen Cabral llegó con cortes en los brazos y las piernas. Le dijo  a su novio que habían intentado asaltarlo. Esa noche lo invitó a cenar. El ánimo mejoró con el correr de los días.

Ya detenidos, y aprovechando un traslado, Cabral y Arzamendia volvieron a reunirse. Cabral negó haber matado a Arancibia pero al rato, según Arzamendia, confesó: “Me explicó que él había matado a ese señor, que había sido en calle Lavalle, en el departamento del sujeto entre las 13 y las 14. Le pregunté por qué lo había hecho. Me dijo que era por una cosa muy fea que él le había hecho y no quería hablar del tema, pero finalmente me lo contó. Me dijo que a este hombre lo conocía desde hacía ya meses, que había sido drogado y abusado por este hombre, y que eso lo hacía el señor cuando lo invitaba a su casa. Me dijo que él se despertó un día y estaba desnudo, sin saber lo que había pasado y que desde ese día lo volvió a ver una vez más y me confesó que fue por ese motivo que lo tuvo que matar”.

A partir de los antecedentes disponibles en el proceso judicial, y de algunos otros aportados por testigos y policías, se puede establecer algunos supuestos. Cabral salió de la pensión que compartía con Francisco Javier Arzamendia con la intención de matar a Arancibia a cuchillazos, para eso se llevó un cuchillo cocinero. Cabral no era la única pareja ocasional de Arancibia, pues en su poder se encontraron llaves de otros departamentos. David Elías Borelli desconocía que Arancibia tenía otras parejas y que se enteró de eso en el transcurso de la investigación. Enrique Arancibia Clavel fue atacado por sorpresa, probablemente por la espalda. Pese a las fuertes estocadas, intento algún acto de defensa. Arancibia nunca reconoció culpa o responsabilidad alguna en casos de Derechos Humanos, cuanto más, alguna vez admitió haber colaborado con la servicios policiales de Pinochet, pero de eso no estaba arrepentido, sino más bien lo contrario. Fue juzgado por un porcentaje mínimo de los crímenes en los que estuvo implicado. Es muy probable que, de no ser por Cabral, Arancibia hubiera seguido caminando por Buenos Aires. La justicia tarda y, a veces, impulsada quizá por fuerzas sobrehumanas, acude en momentos y modos insospechados, a veces particularmente crueles.

Fuente: Revistaanfibia.com/
Por: Juan Cristóbal Peña

La historia que no se cuenta de Arancibia Clavel (Primera Parte)

Treinta y cuatro puñaladas recibió Enrique Arancibia Clavel el 29 de abril pasado. La noticia impactó en Argentina, donde pasó 11 años en prisión por el crimen del general Prats y su esposa. En Chile, su huella en las operaciones represivas más brutales de la dictadura marcó a miles de sobrevivientes y familiares de desaparecidos. Una historia oculta por el mismo manto de impunidad que cubrió al crimen de Prats por más de 30 años y que quedó plasmada en el increíble archivo que guardó el jefe de la red DINA en Buenos Aires, descubierto en 1986. Esta es su historia.


El peluquero y bailarín argentino Humberto Zambelli subió al auto Renault 12 y enfiló raudo hacia el aeropuerto de Ezeiza. Ese 4 de noviembre de 1978 iba al encuentro de su pareja, Enrique Arancibia Clavel, cuya tarjeta de visita indicaba que era agente del Banco del Estado en Buenos Aires. Una pantalla muy bien pagada para el jefe de la red clandestina de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) en Argentina, quien regresaba conmocionado desde Santiago. El bailarín del ballet de Susana Jiménez no sospechaba que todos sus pasos eran observados y fotografiados.

Zambelli estaba nervioso. La despedida había estado marcada por la tensión. Más tarde diría que “un complicado estado emocional” afectaba a su amigo íntimo. Razones tenía, Arancibia. Un terremoto se vivía en ese momento en los servicios secretos del régimen luego que el general Manuel Contreras fuera enviado a retiro y después detenido en el Hospital Militar al abrirse un proceso presionado por Estados Unidos por su responsabilidad en el asesinato del ex canciller Orlando Letelier, en Washington (1976). La transformación de la DINA en CNI y la llegada del general Odlanier Mena como jefe, daban cuenta de su incierto futuro laboral.

De allí que Zambelli hiciera preparativos especiales para la recepción. El encuentro, dirían los hombres que observaban sus movimientos, fue muy efusivo. Arancibia regresaba además, de un Chile cargado de signos de guerra. En Buenos Aires y otras grandes ciudades argentinas se realizaban en esos días simulacros bélicos y oscurecimientos para prevenir ataques aéreos. Ambos países se preparaban para un enfrentamiento que parecía inevitable. Tan sólo dos días antes, el 2 de noviembre, las conversaciones que se desarrollaban en la Comisión Mixta chileno-argentina se dieron por clausuradas. La guerra era inminente.

El ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Hernán Cubillos, comunicaba que su país recurriría al Tribunal de la Haya, mientras en el Vaticano se desataba una febril actividad con llamados a Chile y Argentina en un desesperado y último esfuerzo por evitar la catástrofe.

El efusivo abrazo de Zambelli y Arancibia fue observado desde cerca por los hombres diseminados en el terminal aéreo. Algunos, a duras penas lograron asfixiar una sonrisa. La pareja nada advirtió. En el mismo auto emprendieron el regreso hacia el elegante departamento que habitaban. Se habían conocido en el verano de 1974, y desde entonces ya no se separaron.

Poco alcanzaron a disfrutar, porque súbitamente el auto fue interceptado por los policías argentinos que los vigilaban. Arancibia fue detenido y acusado de espionaje. Poco después, su departamento era allanado por los mismos policías que no tardaron mucho en encontrar lo que buscaban.

En el doble fondo del aparador del comedor hallaron una voluminosa documentación cuyo contenido provocó la primera sorpresa. Porque lo que saltó ante los ojos del grupo de la Policía Federal trasandina fue un documento con información confidencial sobre el canciller de Chile, Hernán Cubillos, y su relación con la CIA y el diario El Mercurio durante el gobierno de Salvador Allende.

En los días en que la guerra con Argentina estaba a punto de estallar, el jefe de la red de agentes secretos de Chile en el vecino país se dedicaba a investigar al canciller que encabezaba las negociaciones. Ese sería el último informe enviado por Enrique Arancibia a Santiago bajo el nombre de “Luis Felipe Alemparte Díaz”, su identidad como agente DINA.

Lo que seguía al informe sobre Cubillos en los documentos cuidadosamente ordenados en carpetas de plástico negras, eran las copias y respuestas de las órdenes que recibió desde el cuartel central de la DINA en Santiago desde 1974, incluyendo cartas privadas con altos oficiales del mando del servicio secreto. Entre ellos, Michael Townley, quien acababa de ser expulsado (abril de 1978) por el régimen de Pinochet a Estados Unidos para ser juzgado y condenado como autor material del crimen de Orlando Letelier y su asistente Ronnie Moffit (Washington, 1976). Pinochet y Contreras insistían en que Townley nunca fue agente de la DINA. Y allí estaban las pruebas de su participación en las operaciones más secretas del organismo represivo.

Las carpetas contenían cuatro años de la historia de la represión desatada fuera del territorio chileno por el principal servicio de seguridad secreto, con una red de agentes desplegados por varios países y la colaboración estrecha con los otros servicios de las dictaduras del Cono Sur. Una parte de la historia de la “Operación Cóndor” que inexplicablemente Arancibia guardó en su aparador.

A los argentinos, ya involucrados en su propia masiva y brutal represión, el contenido no los sorprendió. Cómo lo usaron, es hasta ahora un secreto. Lo real es que al cabo de algunos meses, gran parte de los papeles quedó abandonado para luego ser prácticamente embutido a la fuerza en cinco cajas donde se condensó el proceso por espionaje. De allí pasaron a una oscura y solitaria sala del Archivo Judicial. Al olvido.

Ocho años más tarde, la autora de este reportaje iría a Buenos Aires a investigar el asesinato del general Carlos Prats y su esposa. En un pasillo, un hombre le diría casi al oído que buscara ese expediente. Fueron días intensos de tocar muchas puertas y que culminaron cuando con la ayuda del periodista argentino Horacio Verbitsky, un impávido funcionario finalmente sacó las cinco cajas del proceso y me dejó a puertas cerradas en esa gélida sala del Archivo Judicial. Lo que se abriría ante mis ojos provocó un frío mayor que el que en ese invierno de 1986 imperaba en Buenos Aires.


UN TERRORISTA A SUELDO
Dos meses después del Golpe de Estado, en noviembre de 1973, Arancibia Clavel se presentó en el cuartel general de la recién creada Comisión DINA. “Lo hice para saludar al entonces coronel Manuel Contreras y ofrecerme a su disposición para llevarle cualquier tipo de información”, declaró el propio Arancibia ante un tribunal argentino el 28 de noviembre de 1978.


“A los pocos días fui entrevistado por un oficial de la DINA al que por su cargo llamaban ‘Don Elías’ (Raúl Iturriaga Neumann) y que era uno de los jefes del Departamento Exterior. Me dio instrucciones de cómo debía hacer llegar la información a través del canal que considerara más idóneo, explicándome que no debía utilizar mi verdadero nombre ni tampoco divulgar mi condición de miembro del Servicio Exterior de la DINA”, se explayó.

Fue así que Enrique Arancibia Clavel se convirtió en agente de la DINA en Argentina. Su pantalla fue la representación del Banco del Estado en el vecino país, cargo para el que fue recomendado por su vicepresidente, Valentín Robles. Para contratarlo debieron obviar un obstáculo importante: Arancibia en ese momento era un prófugo de la justicia, acusado de actos terroristas, como integrante del grupo que asesinó al comandante en jefe del Ejército, René Schneider, en octubre de 1970.

Su huella como “El Dinamitero” –así lo llamaban– quedó en las bombas que se colocaron en la Bolsa de Comercio, en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, en el entonces Canal 9 de TV y en el aeropuerto de Santiago. Sólo el azar hizo que el artefacto más potente que colocó en el recinto aéreo no explosionara.

Así lo confesó ante los tribunales chilenos en el juicio por el crimen de Schneider (fojas 1.877), donde reconoció su participación. También acusó al general Roberto Viaux de ser el autor intelectual de la cadena de actos terroristas que él mismo ejecutó con otros miembros del grupo de ultraderecha. Se buscó, dijo, preparar el clima para el secuestro de Schneider, cuyo objetivo final era impedir que Allende asumiera como presidente de Chile. Por eso, después de cada atentado, se lanzaban panfletos de una hasta ese momento desconocida Brigada Obrero Campesina (BOC): “para hacer creer que los autores eran de un grupo de ultra izquierda y crear un clima adverso”.

Arancibia fue detenido. Tenía 26 años, y cursaba cuarto año de Ingeniería en la Universidad de Chile después de un breve paso por la Escuela Naval. Su padre, oficial de la Armada (r) y uno de sus hermanos oficial de la misma rama. Otro, era oficial del Ejército. A pesar de su propia confesión, de los explosivos que hallaron en su domicilio el 8 de octubre de 1970, y de las numerosas pruebas en su contra, fue dejado en libertad bajo fianza.

Esa misma noche huyó hacia el sur de Chile. Todo estaba organizado por alguien a quien nunca se quiso identificar. Porque lo ocultaron en la Hostería del Lago Ranco, y en febrero de 1971, el dueño de esa hostería (de apellido Provoste) lo trasladó al otro lado de la frontera por el paso Tromen (Mamuil Malal), saliendo del país con una cédula falsa. Allí lo esperaba el ex edecán del general Juan Carlos Onganía, cuando ejerció el mando de Argentina como dictador en los años 60.

En 1966, en la Conferencia de los Ejércitos Americanos realizada en Buenos Aires, Onganía propuso institucionalizar una fuerza interamericana de defensa permanente, de intervención regional contra el enemigo subversivo. Su principal detractor fue precisamente el general René Schneider, quien aún no asumía como jefe del Ejército chileno.

Tres años más tarde, el terrorista prófugo por su rol en la conspiración que culminó con el asesinato del comandante en jefe del Ejército, era contratado como funcionario público por el régimen que encabezaba otro general.

“Comencé a dar cumplimiento a las instrucciones que me diera el capitán Luis Gutiérrez”, declaró en 1978. Y así lo prueban los documentos que Arancibia guardó en su poder.


ELIMINAR A PRATS
El último día de septiembre de 1974 los autores intelectuales del crimen del general Carlos Prats creyeron haber eliminado un escollo clave para que Pinochet se hiciera del poder total en el Ejército y en la Junta Militar. Sacando del escenario al general que reivindicó hasta 18 días antes del Golpe el honor militar para impedir la dictadura y la represión, pensaron haber hecho desaparecer también el fantasma siempre presente del general René Schneider, su antecesor en la comandancia en jefe del Ejército, asesinado en octubre de 1970. Y los principios que ambos defendieron.


Pasarían casi treinta años antes de que se hiciera justicia. Y fue precisamente el rechazo de la Corte Suprema al desafuero del general Augusto Pinochet por su participación en el asesinato de Prats y su esposa Sofía Cuthbert, solicitada por la jueza argentina María Servini, el que provocó en 2003 la apertura histórica en Chile del juicio por el crimen del ex jefe del Ejército.

Muy pronto el ministro a cargo del caso, Alejandro Solís, encontraría la prueba más importante que faltaba: el informe con el seguimiento de todos los pasos de Prats y los planos de su casa, entregados por el oficial de la DINA Juan Morales Salgado a Manuel Contreras. Un informe que se había mantenido en completo secreto y que permitió comprobar fehacientemente la autoría de la DINA. Y también la participación gravitante de Enrique Arancibia Clavel.

Porque la última pieza del puzzle descubierta por Solís provocó también que otros confesaran: el crimen se ordenó desde Santiago en junio de 1974, y los datos que recogió Morales Salgado y que permitieron poner la bomba que despedazó los cuerpos de Prats y su esposa en el lugar preciso y a la hora precisa, fueron aportados por Enrique Arancibia Clavel.

El cuadro se terminó de armar en Chile. Arancibia Clavel ya estaba condenado en Buenos Aires. Y de paso se probó que Michael Townley, el hombre que puso la bomba, nunca mintió. Su primera confesión la hizo ante policías chilenos –Nelson Jofré y Rafael Castillo, acompañados por el subcomisario Eduardo Riquelme González de la O.C.W. Interpol Chile– el 2 y 3 de septiembre de 1992, en Estados Unidos. Un interrogatorio que ordenó el ministro Adolfo Bañados:
– A mediados de 1974, Manuel Contreras da la orden a Pedro Espinoza para que se elimine a Prats en Buenos Aires. Se ofrecen 20 mil dólares a un grupo extremista argentino –TripleA– para ejecutar la misión. Pero los argentinos, luego de recibir el dinero, no tuvieron el valor suficiente como para matarlo. Ante esa circunstancia y bajo la presión del general Contreras y el brigadier Espinoza, se le asignó la misión al jefe de la DINA exterior, en ese momento, el comandante Raúl Eduardo Iturriaga Neumann, quien utilizaba el nombre falso de ‘Diego Castro Castañeda’; y al oficial Armando Fernández Larios. Recuerdo que tres días antes del atentado me encontré con el comandante Iturriaga en Buenos Aires. Este fue hecho con la cooperación de ciudadanos argentinos de la Triple A. El jefe de la DINA Exterior era el comandante Iturriaga y como segundo estaba el capitán José Zara –confesó Townley.

Pero en 1992 Pinochet mantenía su poder político y su influencia en la Corte Suprema. El sello de la impunidad era inquebrantable. Más aún para el crimen de un jefe del Ejército. La confesión de Townley quedó archivada. Para muchos, Arancibia sería el único condenado.

El contrato de Enrique Arancibia Clavel en la representación del Banco del Estado de Chile en Argentina tiene como fecha de inicio el 1 de octubre de 1974, horas después de perpetrado el atentado que terminó con la vida del general Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert en una calle de Palermo en Buenos Aires. Casi un premio.

Pero durante el proceso por su muerte en Argentina a nadie le llama la atención la fecha. Tampoco que el bailarín Humberto Zambelli, su pareja, declarara en el juicio por espionaje que se conocieron en el verano de 1974, en Argentina. Días en que Arancibia aseguró que estaba en Chile.


MIRTHA LEGRAND Y SUSANA JIMENEZ
De no haber sido por las famosas Mirtha Legrand y Susana Jiménez, Arancibia y Zambelli no se habrían conocido. Porque fue cuando el segundo se desempeñaba como peluquero de la casa Miguelito Romano de Mar del Plata, que le tocó atender a Legrand y también a su esposo, Daniel Tinayre, quien lo contrató para ser bailarín en la comedia musical “Hair”. Un éxito total. Corría 1973 y las funciones se prolongaron durante ocho meses. Cuando “Hair” bajó el telón, Zambelli volvió a Mar del Plata pero ya no como peluquero: actuaría en un local nocturno llamado “Hidrógeno”, donde conoció a Susana Jiménez. La diva argentina lo contrataría para bailar en el Teatro Astros.


Era el verano de 1974 y en una de esas noches que salía de la función su vida nuevamente daría un vuelco. Al menos eso fue lo que relató ante sus interrogadores en 1978:
–Me espera una persona joven, de sexo masculino. Me invita varias veces a tomar café y charlar. Con el correr de los días acepto la invitación e incluso lo llevo a la casa de mis padres, en Lanús. Así fue como entramos de lleno en una relación amistosa con quien resultó ser Enrique Arancibia Clavel –declaró en el juicio por espionaje en contra de Arancibia.

Cuatro años después, la historia volvería a dar un brinco. Caería Arancibia y con él, el archivo que guardó en el doble fondo. Allí donde están las pruebas que lo inculpan en la represión contra chilenos.


 
Por : Mónica González en Reportajes de investigación
Fuente: ciperchile.cl