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martes, 16 de octubre de 2012

México: Narcos con tácticas de guerrilla. Los Zetas por dentro.

Los delincuentes respondieron con una descarga de lanzagranadas y rifles de asalto AK-47, dejando inservible un vehículo de la policía federal.
Tres días de combates dejaron 22 miembros del cártel de los Zetas, dos policías y un soldado muertos, de acuerdo con datos militares. Además, 20 Zetas fueron arrestados y decenas más huyeron.
La batalla podría parecer una escena de la guerra en Afganistán, pero ocurrió a sólo 72 kilómetros al sur de la frontera con el estado de Texas, en Estados Unidos.
Y fue sólo uno de decenas de combates que se han registrado en el noreste de México en los últimos meses mientras soldados, infantes de marina y policías participan en una mortal cacería contra itinerantes escuadrones de los Zetas.
Formado en 1998 por 14 soldados retirados mexicanos, el cártel ha crecido hasta convertirse en un comando de más de 10,000 hombres armados que actúan desde Río Bravo, en la frontera con Texas, hasta lo más profundo de Centroamérica.
Su rápida expansión ha desplazado a bandas de narcotraficantes mexicanos más antiguas en muchas áreas, dándole a los Zetas una posición dominante en el multimillonario negocio del tráfico transfronterizo de drogas, así como también en la extorsión, el secuestro y en otras actividades criminales.
Pero son sus sangrientos ataques lo que les ha dado notoriedad y los ha hecho tan temidos.
Parte de sus miembros fueron arrestados por algunas de las peores atrocidades cometidas en la guerra contra las drogas en México, entre ellas el asesinato de cientos de personas cuyos cadáveres han sido encontrados en fosas comunes con una frecuencia alarmante.
Además, han sido culpados por la masacre de 72 trabajadores inmigrantes, en su mayoría centroamericanos, que se dirigían a Estados Unidos y del incendio de un casino que cobró 52 vidas.
En mayo, soldados mexicanos anunciaron la detención de Daniel Elizondo, alias “El Loco”, uno de los líderes de los Zetas y sospechoso de ser el autor de la masacre de 49 personas cuyos cadáveres fueron arrojados en una carretera a mediados de ese mes, decapitados y sin extremidades.
En el último mes, los Zetas han sido vinculados a la decapitación de 18 personas cerca de Guadalajara y de haber colgado de un puente a otras nueve en la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo.
En ambos casos, el cártel dejó mensajes firmados en las escenas de los crímenes, asegurando que las víctimas eran traficantes rivales.
Agentes mexicanos y estadounidenses dicen que las tácticas paramilitares de los Zetas -basadas en operativos armados de pequeñas e itinerantes células- y la indiscriminada violencia son las fuerzas impulsoras detrás de una reciente escalada en la guerra contra las drogas que se desarrolla en México.
Este conflicto entre las fuerzas gubernamentales y los cárteles, y también entre los propios grupos, ha cobrado unas 55,000 vidas en los últimos cinco años, entre ellas más de 3,000 policías y soldados.
Los Zetas representan un desafío mayor para el Gobierno que los otros cárteles, debido a la intensidad de sus ataques contra las fuerzas de seguridad, su desprecio por la vida civil y la ferocidad de sus actos criminales que rompen los códigos tácitos de los narcotraficantes comunes.
Esta brutalidad ha convertido a una de sus principales áreas de operación, en el noreste de México, en una zona prohibida para muchos empresarios y turistas.
Policías y soldados mexicanos dicen que los Zetas son más parecidos a grupos insurgentes que a los cárteles tradicionales.
“Actúan como una guerrilla urbana”, dijo Florencio Santos, un militar retirado que actualmente es director de la policía del municipio de Guadalupe, una ciudad ubicada en las afueras de Monterrey.
“Hacen una llamada para que salga la policía, luego hacen un bloqueo en la calle en frente de la patrulla y abren fuego de frente y de lado”, agregó.
Los agentes antidrogas dicen que los objetivos de los Zetas también difieren de los del narcotráfico tradicional.
Mientras los antiguos cárteles se centran en las rutas de tráfico y en las áreas de productores de droga, ellos se mueven en cualquier pueblo o ciudad donde puedan llevar a cabo extorsiones y otros delitos.
“Han creado un nuevo modelo de crimen organizado y han llevado la violencia a nuevos niveles para tratar de acabar con los viejos cárteles”, dijo Mike Vigil, ex jefe de operaciones internacionales de la agencia antidrogas de Estados Unidos (DEA, por su sigla en inglés).
“Esto tiene desestabilizadas a muchas áreas de México”, añadió.
La unidad de investigación especializada en delincuencia organizada de México, la SIEDO, reveló en un informe que los Zetas ahora controlan un territorio mayor que el cártel de Sinaloa, la organización más antigua y con más dinero del narcotráfico, liderada por Joaquín “El Chapo” Guzmán.
El reporte, divulgado en enero, dice que mientras los sinaloenses operan en 16 de las 32 entidades federales de México, los Zetas están en 17.
Y también están introduciéndose en Estados Unidos.
Un gran jurado en Laredo, Texas, acusó en abril a cuatro sospechosos de pertenecer a los Zetas de conspiración para traficar drogas y asesinatos en pleno territorio estadounidense.
Los cargos siguen a otro juicio llevado a cabo en enero en Laredo en el que dos presuntos integrantes del cártel fueron encontrados culpables de posesión ilegal de armas y de homicidio.
Algunos sicarios de los Zetas están siendo procesados por fiscales mexicanos por estar presuntamente detrás de la muerte del agente de aduanas estadounidense Jaime Zapata, que se produjo en México en el 2011.
Zapata fue el primer agente estadounidense en ser asesinado en servicio en México desde la década de 1980.
El Gobierno estadounidense ofrece una recompensa de 5 millones de dólares por la captura del jefe de los Zetas, Heriberto Lazcano, de 37 años, alias “El Verdugo”, quien desertó del Ejército siendo muy joven y se pasó al mundo del crimen.

Zona de guerra
La región donde operan los Zetas en la frontera con Estados Unidos, pasó a ser la región más violenta del país.
En el estado de Nuevo León, donde se ubica la rica ciudad industrial de Monterrey y de pueblos como Vallecillo, se produjeron entre enero y mediados de mayo más de 685 asesinatos relacionados con el tráfico de estupefacientes, de acuerdo a estadísticas divulgadas en medios de comunicación.
Esto puso a Nuevo León por delante incluso del estado de Chihuahua, donde ocurrieron 560 asesinatos relacionados con choques entre bandas de narcotraficantes y cuya capital, Ciudad Juárez -dominada por el cártel de Juárez-, era la de más muertos por violencia en México.
Nuevo León parece una zona en estado de sitio. Los grafitis de los Zetas marcan el territorio del grupo y muchos pobladores, conscientes de que sus sicarios asesinan regularmente a personas acusadas de soplones, tienen demasiado miedo como para colaborar con la policía, que muchas veces es cómplice de los criminales.
Miembros de las distintas fuerzas de seguridad de Nuevo León dicen que sólo se trasladan en convoyes con al menos 30 soldados debido al peligro de ser emboscados por los narcotraficantes.
Santos, jefe de la policía de Guadalupe, sobrevivió a un ataque de ese tipo en septiembre gracias a que las balas no perforaron su vehículo blindado.
“Fue un momento de mucho miedo”, dijo Santos. “Pensé que las balas iban a entrar, pero aguanté la troca hasta que llegaron otros policías”, añadió.
Sin embargo, algunos de sus compañeros policías no tuvieron la misma suerte. El año pasado, los Zetas asesinaron a 13 de los 300 oficiales que vigilan las calles en Guadalupe y destruyeron 48 patrullas en ataques de ese mismo tipo.
Santos y la mayoría de sus oficiales ahora duermen dentro de los cuarteles para protegerse.
Los Zetas son ayudados por una red eficaz de espías. Los halcones, como se les denomina, suelen ser hombres jóvenes y mujeres a los que se les paga cerca de 600 dólares mensuales, según la policía de Guadalupe. En un país con un salario mínimo de alrededor 5 dólares por día, ese es un dinero que puede comprar mucho apoyo.
Cuando un reportero de Reuters acompañó recientemente a la policía de Guadalupe en un patrullaje, los oficiales escuchaban una frecuencia de radio utilizada por los mafiosos.
En los audios se oía a los halcones de los Zetas advirtiendo a sus superiores sobre un convoy de vehículos de la policía que entraba en un barrio pobre en las afueras de Monterrey.
Santos, el jefe policial, contó que él combatió a la guerrilla zapatista cuando se alzó en armas en el sureño estado de Chiapas en 1994 dentro de su lucha por los derechos de los pueblos indígenas. Los Zetas, recalcó, son un enemigo más letal.
“Tienen mucho más entrenamiento y mejores armamentos de los que tenían los zapatistas”, sostuvo.

En dirección al norte
El líder supremo de los Zetas, Lazcano, nació en 1974 en el pueblo de Acatlán, en el estado de Hidalgo, según los registros locales.
Esta comunidad de granjas ganaderas y parcelas de maíz, situada a más de 960 kilómetros de la frontera entre México y Estados Unidos, ofrece pocas oportunidades a sus jóvenes. Muchos se dirigen al norte para entrar ilegalmente a Estados Unidos o se unen a las fuerzas armadas.
Cuando era niño, Lazcano se trasladó con su familia a la cercana ciudad de Pachuca, estableciéndose en el barrio de clase trabajadora de Tezontle, según la policía.
El enjambre de calles polvorientas y casas de bloques de cemento sin pintar se encuentra junto a una base militar, donde los registros muestran que Lazcano se alistó en la fuerza armada mexicana a los 17 años para ser soldado de infantería.
Lazcano siguió los pasos de los fundadores de los Zetas, muchos de los cuales provenían del centro y sur de México y sirvieron en divisiones militares -infantería, caballería motorizada, fuerzas especiales-, que con frecuencia reciben entrenamiento de Estados Unidos.
Un cable diplomático estadounidense publicado en el 2009 por WikiLeaks mostró que al menos uno de los Zetas, Rogelio López y quien fuera teniente de infantería, fue entrenado en Fort Bragg, Carolina del Norte.
Manuales estadounidenses de entrenamiento desclasificados usados por oficiales de Latinoamérica incluyen secciones sobre inteligencia de combate y el uso de informantes, ambos puntos fuertes del grupo narco más violento de México.
Lazcano desertó de la infantería en 1998 para unirse a los Zetas, liderados por el ex paracaidista Arturo Guzmán Decena.
En ese tiempo, la banda aún era devota a su misión original: actuar como cobradores de deudas y sicarios para el cártel del Golfo, en ese entonces uno de los grandes cárteles del país que trasladaba cientos de toneladas de cocaína, marihuana y heroína a Texas.
Los encargados de cumplir estas misiones adoptaron el nombre de Zeta a partir de una señal de radio que Guzmán había utilizado cuando era paracaidista. Guzmán se autobautizó como Z-1 y Lazcano se convirtió en Z-3.
Unos meses más tarde, después de que soldados mexicanos mataron a tiros a Z-1 y a su segundo al mando, Lazcano asumió el control a los 28 años y el grupo comenzó una rápida expansión como el brazo armado del cártel del Golfo que dirigía el capo Osiel Cárdenas, actualmente preso.
Propagaron el nombre de la banda en las calles e incluso lo promocionaron colgando mantas de los puentes:
“Grupo operativo Los Zetas te quiere a ti, militar o ex militar”, decía un mensaje.
“Ofrecemos buen sueldo, comida y atenciones a tu familia. Ya no sufras maltratos y no sufras hambre”, rezaba otro.
Reclutaban a jóvenes pobres, ex soldados, miembros de otras pandillas y hasta mercenarios extranjeros, incluyendo algunos que habían trabajado en las fuerzas especiales Kaibil de Guatemala, según el Ministerio de Seguridad del país centroamericano.
Los kaibiles, una fuerza de contrainsurgencia, están acusados de cometer atrocidades durante la guerra civil en ese país.
Mientras los Zetas crecían, también lo hacían sus ambiciones, lo que generó tensiones con el cártel del Golfo.
Las primeras grietas en la alianza aparecieron en el 2007, cuando los líderes del Golfo llegaron a un acuerdo de paz con el cártel de Sinaloa, una acción que fue vista por los Zetas como una traición, según el testimonio de Jesús Rejón, miembro fundador del grupo, o Z-7, tras su arresto en el 2011.
En el 2010, las tensiones se desbordaron hasta convertirse en un enfrentamiento abierto debido a que los Zetas comenzaron a atacar a miembros del cártel del Golfo donde los encontraran y a adjudicarse el territorio para sí mismos.
El cártel del Golfo, aliado con sus viejos rivales del cártel de Sinaloa respondieron a la afrenta, envolviendo a la región en la violencia.

Economía mafiosa
Es imposible determinar la participación de los Zetas en el mercado estadounidense de narcóticos, que según Naciones Unidas tiene un valor total cercano a los 60,000 millones de dólares anuales.
Pero está claro que su principal zona de influencia incluye algunas de las más codiciadas rutas de tráfico hacia Estados Unidos.
Más de 8,500 camiones cruzan diariamente a Texas desde la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo, el doble de los que lo hacen desde Tijuana o Ciudad Juárez.
Para almacenar y mover las drogas, los Zetas han instalado células en Laredo, Dallas y Houston, según una audiencia realizada en enero en una corte federal de Estados Unidos, donde fueron condenados dos miembros de una de estas unidades por homicidio, crimen organizado y portación ilegal de armas.
La evidencia obtenida a través de grabaciones y declaraciones de testigos mostró que las células también transportan hacia México armas compradas en Estados Unidos y dinero en efectivo.
Fiscales federales de Estados Unidos en Texas dicen que hombres armados de los Zetas han llevado a cabo al menos ocho asesinatos en suelo estadounidense hasta la fecha.
El cártel también ha obtenido miles de millones de dólares al diversificar su accionar a extorsiones, secuestros, piratería de productos e incluso robo de crudo desde oleoductos del monopolio estatal mexicano, Pemex, señalaron agentes estadounidenses.
En un reporte reciente, Pemex indicó que había perdido 11.7 millones de barriles de crudo por robos entre el 2010 y el 2011 y señaló al cártel como el principal culpable.
Esa multiplicación de actividades criminales rompe con los hábitos de cárteles más antiguos dedicados al tráfico de drogas.
Y mientras los Zetas han hecho dinero con un portafolio de crímenes, las bandas que los imitan se han expandido, adoptando nombres tales como “La mano con ojos”.
En Guadalupe, el jefe de policía Santos dijo que el grupo recibe pagos a cambio de protección, un método conocido como “cuotas”, de taxistas, restaurantes y otros negocios locales.
“La mayoría paga por miedo de lo que los Zetas van a hacer”, afirmó.
Durante un reciente patrullaje, la policía fue llamada a la escena de un tiroteo y halló a un hombre dedicado a la venta de autos acribillado a balazos, en lo que habría sido una represalia por no pagar sus “cuotas” o “derecho de piso”.
Supuestamente, ése fue el caso de un casino que los Zetas incendiaron en agosto del año pasado a plena luz del día, donde murieron 52 personas.
El afán por el dinero obtenido mediante la extorsión ha promovido el avance del grupo criminal a lo largo de México, dijeron investigadores.
“Lo que quieren hacer es controlar el territorio y el espacio físico, donde simplemente pueden cooptar a otros negocios y recaudar sus ‘impuestos’”, aseguró Steven Dudley, del grupo de análisis InSight Crime, en Washington, Estados Unidos.
“Este modelo es fácilmente repetible”, apuntó.
 
 
Fuente: Mundo Narco - CosechaRoja.org

lunes, 15 de octubre de 2012

Monterrey: la ciudad devorada por el narco.

Los carteles están desangrando a México. Y Monterrey es el epicentro de la batalla: mientras políticos, activistas y víctimas hacen todo para ahuyentar a los narcos, estos siguen masacrando.

“Alto ahí”, gritó el municipal, desenfundando su pistola. “¡Dese la vuelta! ¡Contra la pared!”, rugió y avanzó con cautela. El policía que vigilaba el Casino Royale, en Monterrey, apuntaba con su arma al enviado especial de SEMANA. Ocho meses atrás, el 25 de agosto de 2011, unos sicarios se habían tomado el edificio, hoy ruinoso y ennegrecido. Llegaron gritando y disparando, cercaron el lugar, regaron gasolina y prendieron fuego. Murieron 52 personas. Desde entonces, un par de jóvenes agentes vigilan temerosos los restos del casino… y Monterrey, hasta hoy, está de luto.

“A veces vienen e intentan entrar”, explicó más tarde el policía. El área metropolitana de Monterrey es la tercera más grande de México y el eje industrial del país. Multinacionales como Cemex y Femsa operan allí y crean más empleos, atraen más inversión y exportan más que cualquier otra región. Pero, como sus policías, Monterrey entera hoy se siente amenazada. La guerra entre Los Zetas, el cartel del Golfo y el de Sinaloa -tres poderosas organizaciones criminales- se acerca al corazón de la ciudad. Decenas de negocios han cerrado, miles de habitantes han huido y quienes deben quedarse viven en pánico. El domingo pasado, en Cadereyta, a solo 37 kilómetros, tuvo lugar la más reciente atrocidad: los cuerpos mutilados de 49 personas fueron arrojados al borde de una carretera. Cuando la Policía llegó, encontró bolsas de plástico y, en su interior, solo el torso y parte de las extremidades de las víctimas.

SEMANA viajó a esta enorme metrópoli, cuya área urbana abarca nueve municipios y se riega sobre un caluroso y árido valle entre la Sierra Madre y el Cerro del Topo Chico, en el noreste de México. Recorrió sus distritos: los más ricos, los más deprimidos y los más comerciales, todos con algo en común: el desespero ante la creciente inseguridad. En los muros del Barrio Antiguo abundan las marcas de bala y los grafitis que ilustran la violencia. Monterrey rompió con el mito de que la guerra contra el narcotráfico era un fenómeno que no llegaba a las grandes urbes. Aquí todos hablan de una ciudad que lucha para que el ‘narco’ no la devore.

Monterrey está en el estado de Nuevo León y este, por su geografía, se ha convertido en una ruta de tráfico de ilegales y droga. A comienzos de la década pasada, el fin de más de 70 años de gobierno único del PRI significó el inicio de lo que los mexicanos llaman ‘el desmadre’. Los carteles, antes controlados por agentes del gobierno, empezaron a disputarse las lucrativas rutas ilegales. Se concentraron en Tamaulipas, un estado que colinda con Estados Unidos y por el que pasa 70 por ciento del comercio terrestre mexicano. Pero luego, obedeciendo al llamado ‘efecto cucaracha’ (“atacándolas no las eliminas, sino que las llevas a otras partes”), empezaron a esparcirse en estados vecinos como Nuevo León.

En su capital, periodistas, académicos y autoridades coinciden en esta versión de la historia. Así mismo están de acuerdo con que Monterrey, otrora un oasis de riqueza y prosperidad, empezó a conocer la violencia en 2010. Los Zetas rompieron con el cartel del Golfo. “Comenzaron las vendettas y los ajustes de cuentas”, dijo a SEMANA en su despacho Jorge Domene, vocero de seguridad de Nuevo León. “Y luego llegó el narcomenudeo”. Tras los atentados contra las Torres Gemelas, la frontera gringa se había cerrado y la droga empezó a estancarse en México. “Cada gramo costaba dinero y hubo que venderla aquí”, relató Domene. Monterrey se convirtió así en una ‘plaza’: un centro de paso, venta y consumo de droga.

El negocio estimuló la corrupción policial y les permitió a los carteles armar ejércitos. “Esa es la tragedia”, dijo a SEMANA María Ángela Gutiérrez, socióloga de la Universidad de Monterrey. “La llegada del narco coincidió con un México en crisis: pobre, sin empleo y con un tejido social descompuesto”. Los más afectados son los jóvenes. Desde 2009, el gobierno de Nuevo León ha metido a la cárcel a 4.000 personas y más de 3.000 han muerto, de las cuales la mayoría son menores de 30 años. Los ‘jefes de plaza’ los usan como jíbaros, informantes, extorsionistas, secuestradores o sicarios. Y son la carne de cañón que, cuando la banda contraria quiere vengarse, termina colgada de los puentes.

A primera vista, Monterrey da la impresión de ser víctima de una exageración. A diferencia de Ciudad Juárez y Nuevo Laredo -capturadas por la mafia-, aquí hay policía, el comercio fluye y la vida diurna es agitada. Sin embargo, el poder de las mafias se descubre en los detalles. El centro antiguo solía ser una ‘zona rosa’ con restaurantes y discotecas. Hoy, está vacío hasta los viernes en la noche. “Era difícil caminar por la cantidad de gente”, dijo a SEMANA José Carranco, que trabajaba en la zona. Ahora no solo las vías están solas, sino también los locales, cuyos dueños se rehusaron a pagar extorsiones y prefirieron huir antes de correr con la suerte de Pablo Martínez, jefe de seguridad del Café Iguana. “Cuando lo mataron, sentí que esta ciudad había cambiado”, dijo Carranco, que trabajó con él. Un sábado de 2011, unos sicarios se bajaron de un carro, le dispararon y escaparon. Luego, cuando los enfermeros atendían el cuerpo, regresaron para llevarse el cadáver y desaparecerlo.

Los traumas de este ataque se sumaron a los que dejó el incendio del Casino Royale. Samara Pérez se encontraba allá con su hijo de 18 años. “Me había invitado”, dijo entre lágrimas a SEMANA. “De repente, vi a unos hombres que empezaron a gritar e insultar y de repente la sala estaba llena de humo”. Samara se encerró en un cuarto que la protegió de las llamaradas. Más tarde, se enteró de que su hijo había muerto. Así, de golpe en golpe, Monterrey se ha ido hundiendo en la angustia. “Hasta nos han dado clases de cómo reaccionar ante hechos violentos”, le dijo a SEMANA Martha Rivera, una maestra que hace un año, durante una balacera a pocos metros de su primaria, se tiró al suelo con sus alumnos y empezó a cantar con ellos. Por su acto heroico, Shakira le dio un premio en Cartagena durante la Cumbre de las Américas. “A mis niños les ahorré una experiencia traumática, pero son excepciones”.

Desde que la guerra contra el ‘narco’ comenzó oficialmente en 2006, más de 50.000 personas han muerto y más de 18.000 han desaparecido. Y mientras la lucha armada le cuesta al Estado millones de dólares, víctimas y victimarios están en el olvido. Las primeras carecen de apoyo psicológico y financiero. Y los últimos -en muchos casos pobres o migrantes forzados a trabajar para los carteles-, si no son ejecutados brutalmente, permanecen excluidos de la sociedad: escondidos en sus barrios, hacinados en cárceles y muy lejos de una reconciliación. “En México no hay quién se encargue de las víctimas”, dijo a SEMANA Consuelo Morales, directora del movimiento Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos en Monterrey. Entre sus registros, Morales tiene casos de crueldad inédita y de abusos de la autoridad por parte del Ejército, la Marina y la Policía. Para la drogadicción, que en esta ciudad se ha convertido en un camino al crimen, no hay políticas de salud pública, sino que permanece como un problema de seguridad. “A nadie le preocupa atajar la raíz del problema: que es el abandono de la niñez”.

En esta última batalla, Monterrey se defiende como puede. La Policía destruyó los templos de la Santa Muerte que los capos habían erigido a las afueras de la ciudad. En 2011, el gobierno fundó una ‘fuerza civil’ especializada. También ha invitado a políticos como Sergio Fajardo para aprender de las experiencias de Medellín. El caso más exitoso es el del rico distrito de San Pedro, cuyo alcalde, Mauricio Fernández Garza, ha logrado resultados contrarios al resto de la ciudad. Este controversial funcionario, frentero, multimillonario y extravagante, llenó titulares poco después de llegar al cargo, pues declaró que tenía un “grupo rudo” que le hacía tareas de inteligencia. Lo acusaron de fundar grupos paramilitares, pero pronto pudo demostrarles incluso a sus críticos más acérrimos que se trataba de una unidad estandarizada de inteligencia. En un despacho lujosamente decorado, Fernández Garza le dijo a SEMANA: “Aquí hemos hecho lo que en el resto del país nadie ha hecho: atajar el problema con profesionales de Policía y con políticas sociales serias”. Y añadió: “Claro está que eso solo se puede hacer con lana (dinero), pero hay que tener la voluntad”.

Fuente: Semana - CosechaRoja.org

viernes, 12 de octubre de 2012

“Nosotros somos Los Zetas”

Un recorrido por el sureño Estado de Tabasco y encuentros con una diversidad de fuentes que solo tras rigurosos rituales de seguridad acceden a contar lo que saben, permite entender cómo el cártel de la droga conocido como Los Zetas logra operar con tanto éxito y con tanta impunidad en un terreno de reciente incorporación: el secuestro de migrantes indocumentados. Lo suyo es atemorizar, matar e infiltrar. Infiltrar todo. Todo.

-Luego de más de una semana en esta zona no me queda otra que decirle que su vida tiene que ser muy complicada. ¡Diablos: lo pienso y no entiendo cómo sigue vivo! -le digo.

El agente secreto sonríe con orgullo, mirándome fijamente mientras abre un silencio misterioso. Vuelve la vista hacia la puerta, a pesar de que sabe que estamos solos en este pequeño café. El local tiene estructura de pecera, rodeado por cristales a través de los cuales podemos ver hacia afuera y nos podrían ver, de no ser por el árbol de mango que nos oculta en la mesita del fondo.

-Con inteligencia –responde, finalmente-. No me muevo en una camioneta del año, de esas grandes. Nunca porto mi arma a la vista y no aparezco en eventos más de lo necesario.

No hace falta traducir. Un evento aquí no puede ser otra cosa que un evento de ese tipo: el asesinato de alguno de los policías de uno de los pueblos de esta franja del sureste mexicano, la escena del crimen que queda detrás de una balacera entre militares y narcotraficantes, la intervención armada en un rancho perdido entre el monte donde esos criminales, los que mandan aquí, los del cártel de la droga conocidos como Los Zetas, tienen a una cincuentena de migrantes centroamericanos encerrados. El celebérrimo “secuestro express”.

-Pero a veces parece imposible conseguirlo -insisto-. Esto es como un… ¡Hay que vivir en puntillas! Nunca se sabe quién es quién. No es posible estar seguro de si el que vende tacos solo vende tacos o si los vende como coartada para vigilar la calle. El agente lo sabe. Él vive bajo estas reglas del sigilo. Los ojos escrutando el derredor todo el tiempo, atentos a si ese carro pasó ya dos veces o si aquel hombre parece mirar de reojo. Él lo sabe y por eso solo aceptó que nos juntáramos cuando le di la referencia de un conocido. Y aún así, no empezó a hablar hasta revisar de arriba abajo mis documentos de periodista. Veía la foto y luego a mí, la foto y a mí. El sigilo y el anonimato, esas son las normas de oro que han sido impuestas. No ser nadie, parecerse a otro cualquiera del rebaño que vive atemorizado, bajando la vista y mirando el pavimento ardiente de estos pueblos que rodean a Villahermosa, la capital de Tabasco, en la frontera con Guatemala. Era obvio desde el principio que el trato bajo el que nos reunimos pasa por no revelar el sitio exacto ni la corporación a la que el agente pertenece.

Él vuelve a sonreír. Le causa gracia ver en mi rostro el reconocimiento de que él trabaja en un terreno donde su enemigo manda y vigila. Todo el tiempo y con decenas de ojos a su servicio.

-Por eso es necesario moverse despacio, entrar lentamente, no de golpe, y tener mucho cuidado a la hora de preguntar. Mucho cuidado -responde, termina su café de un trago, y pasa a lo concreto-. Y al final, ¿fueron ayer al rancho que les dije? ¿Pudo tomar fotos el fotógrafo? -pregunta.
-Sí, sí fuimos. Tomó las que pudo. El escenario era escalofriante -respondo.

El rancho cementerio
La lluvia fue la que hizo que el rancho La Victoria terminara de parecer un montaje. Aquello era demasiado obvio. Era como si un delincuente se disfrazara con un parche en el ojo, un enorme gabán negro y una cicatriz en la mejilla. El rancho era toda la escenografía del secuestro que podemos esperar que salga de nuestro imaginario.

Cuando llegamos, el rancho lucía vacío, solo tres policías judiciales custodiaban a los dos agentes del Ministerio Público (MP) que colgaban el letrero de clausurado. Más allá de la portezuela de entrada, que distaba unos tres metros de las vías del ferrocarril, estaba la casa central del rancho. Una típica vivienda sureña estadounidense, toda de delgados tablones de madera, con dos cuartos centrales rodeados por completo por un corredor donde en otro contexto suelen ubicarse las mecedoras para pasar las tardes de calor. Todo pintado con un verde esmeralda ya descascarado por el tiempo.

Esa era la armazón. Lo tétrico era el decorado. En el dintel principal del porche colgaba un cráneo de vaca. Al lado de la nave central, unas 100 latas de cervezas se amontonaban estrujadas, del mismo modo que en la parte trasera varias latas de sardinas, frijoles y atún tapizaban el suelo. Y en el cuarto más amplio, el de la izquierda si se veía desde el frente la casa, luego de acostumbrar la pupila a la oscuridad, se podía ver un piso con manchas desparramadas y aserrín regado. La habitación expelía un fuerte y fétido olor a humedad y por toda ella había regados desperdicios difícilmente identificables. Jirones de ropa, pedazos de lata, algo que parecía trozos de madera. Más difícil aún era identificarlos desde afuera, porque uno de los agentes del MP no nos permitió ingresar. Apenas aceptó que Toni Arnau tomara un par de fotografías desde la puerta, luego de insistirle unos minutos.
Ahí, en esa locación de película de terror, es donde el día jueves 3 de julio de este año liberaron a 52 indocumentados centroamericanos que llevaban una semana apiñados en la habitación por un comando -“estaca”, como le llaman en su jerga- de Los Zetas, que regenta este pequeño pueblito llamado Gregorio Méndez.

Dos de los migrantes que viajaban sobre el tren en el inicio de su viaje por México habían logrado escapar cuando justo enfrente del rancho el maquinista, Marcos Estrada Tejero, detuvo la locomotora sin razón alguna, y 15 hombres que cargaban armas largas arrearon a los demás migrantes hacia el rancho La Victoria, en medio de esta nada rodeada por veredas y monte. Los dos que escaparon encontraron más adelante, días después, a un comando militar que realizaba un patrullaje poco rutinario por la zona. Les contaron lo sucedido, y los 12 soldados dieron parte para que se armara un comando con otros 12 policías estatales de Tabasco y 30 de Chiapas. El maquinista está preso, lo detuvieron cerca de Veracruz, tripulando un tren donde más de 50 indocumentados iban encerrados en los vagones, obligados por supuestos zetas. A Tejero lo acusan de trabajar para Los Zetas que fueron atrapados en el rancho, encabezados por el hondureño Frank Hándal Polanco, que salía en un taxi a la hora de la intervención. Ocho zetas fueron detenidos y otros siete escaparon hacia el monte, cargando sus AR-15. En el rancho, se decomisaron pistolas 9 milímetros y fusiles M-16 de fabricación iraquí.

-Lo peor es cómo los tenían -cuenta en voz baja uno de los agentes del MP-. Estaban en shock. Y todos presentaban golpes en la espalda baja. Una franja morada. Luego nos enteramos qué pasó.

Ya en el rancho, los migrantes sabían que se habían encontrado con el lobo del cuento. Estaban en manos de los famosos zetas, ya célebres en el camino del indocumentado centroamericano. Lo sabían porque el protocolo de presentación había sido gritado desde la toma de rehenes. “¡Somos Los Zetas, al que se mueva lo matamos!”. En estos pueblitos no hacen falta tarjetas ni credenciales oficiales. Si alguien dice que es zeta, es zeta. Si alguien lo dice y no lo es, suele terminar en algún cementerio. Los zetas son conocidos internacionalmente como un cártel del narcotráfico, pero desde hace algún tiempo diversificaron sus actividades y ahora se lucran de los indocumentados, a quienes secuestran para pedir rescate a sus parientes.

Adentro del rancho, los criminales organizaron su show de presentación. Por grupos de cinco fueron poniendo a los indocumentados de rodillas, contra la pared, en el porche del rancho, y les empezaron a partir la espalda baja a tablazos, un método de tortura militar identificado en México. Y no es de extrañar. Esta es una de las marcas de una organización criminal que surgió, según la inteligencia estadounidense, a finales del siglo pasado, cuando el cártel del Golfo, uno de los dos más poderosos de México, logró hacer desertar a cerca de 40 militares mexicanos de comandos élite, entrenados en estrategias de contrainsurgencia, manejo de artillería pesada e infiltración. A ellos, y directamente por órdenes del capo Osiel Cárdenas Guillén (atrapado en 2003 y extraditado en 2005 a Estados Unidos), se les encomendó una misión: creen un ejército para nosotros. Por eso no extraña que el verbo “tablear” sea tan famoso en el mundo de los zetas. El mismo mundo de los migrantes.

Entre ellos, las reglas son inviolables, y las consecuencias, fatales. Una de esas noches, la segunda de cautiverio, dos migrantes escaparon del rancho aprovechando el descuido del guarda de la puerta. Se internaron en el monte. Un monte que ellos conocían poco y sus captores como la palma de su mano. Un comando zeta fue a buscarlos. A los pocos minutos, volvieron con uno de ellos. Lo hincaron frente a la puerta del cuarto repleto de migrantes, y Frank les dijo en voz alta:

-¡Miren lo que les va a pasar si andan con pendejadas!
Un disparo en la nuca terminó con la vida del migrante hondureño Melesit Jiménez. El otro migrante aún corría cuando por detrás sus dos perseguidores le atinaron un disparo en la nuca y otro a la altura del abdomen. Poco después de que el cuerpo de Melesit se desplomara frente a los 52 indocumentados, se escucharon allá atrás en el monte las dos detonaciones.

Los siguientes días, ya con un grupo manso, los zetas se dedicaron a violar a las dos mujeres hondureñas del grupo, y a divertirse tableando de vez en cuando a alguno de los hombres, mientras esperaban que los depósitos de entre mil 500 y 5 mil dólares llegaran a una sucursal de transferencias rápidas como rescates enviados por los familiares de los cautivos.

Un secuestro masivo más. Apenas unos días después de la presentación del informe especial sobre secuestro de migrantes que hizo la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México. Un barullo de periodistas que se codeaban por un espacio para meter la cámara de videos o fotos se apiñó en la sala donde se dijo, con la voz ronca del ombudsman mexicano, que con su escaso personal habían documentado en siete meses casi 10 mil casos de secuestro de viva voz de indocumentados que señalaban a Los Zetas en contubernio muchas de las veces con policías. Decenas de titulares aparecieron al día siguiente en portadas de diferentes medios. Luego, todo volvió a la normalidad.

Los secuestros, en este mundo de peregrinos sin papeles, son ya tan comunes como los asaltos en el suroeste mexicano o las mutilaciones provocadas por las altas velocidades de los trenes que parten del centro de la república y sacuden a los polizones que viajan prendidos de ellos. Es tan común que ya no venimos a buscar esto aquí a Tabasco. Ya en noviembre de 2008 habíamos documentado esta dinámica en esta franja atlántica de México, bajo un titular casi parido naturalmente: “Los secuestros que no importan”. Ahora, después de meses de ver cómo Los Zetas se desperdigan por todo el país, de quedar cada vez más claro que se constituyen como un cártel independiente, de escuchar su nombre y oler su miedo en los pueblos del sur, del centro y del norte de México por donde circulan los migrantes, venimos a entender quiénes son, cómo funcionan y, sobre todo, cómo consiguen su principal activo para poder operar a sus anchas: el temor. Generar temblores en policías, taxistas, abogados, migrantes. Hacer marca de su consigna: “Nosotros somos Los Zetas” y poner al interlocutor a bailar su baile con solo esas cuatro palabras.

Eso se respira aquí en Tabasco, una de sus principales plazas y donde inicia el control que detentan sobre coyotes y migrantes. Eso se percibe con ese sexto sentido tan real, tan en la piel, con el que se sabe cuando uno está por ser asaltado en alguna esquina oscura. Se percibe, como nos ocurrió al entrar al pueblo de Gregorio Méndez, en la cara de terror que puso el taxista cuando le pedimos que hiciera un servicio hasta el rancho La Victoria, y él respondió: “No, no puedo ir ahí, no nos dejan, ahí no puedo ir”, y tomó su taxi y se largó. Se palpa en la mirada de los hombres de la camioneta negra que rondaban en la esquina mientras esperábamos que un camión nos internara en los montes de rancherías, y en la pregunta temblorosa del motorista de ese camión, cuando antes de aceptar llevarnos dijo en voz baja: “Pero ustedes… ¿no serán?… es que no quiero problemas con nadie”.

Antes de abandonar el rancho, se notaba el nerviosismo de los tres policías judiciales. Mientras los del MP aún colgaban el cartel de “propiedad incautada”, uno de ellos dijo entre suspiros sosteniendo su AR-15 con firmeza y perdiendo su mirada en los montes de atrás: -No podemos enseñarles las tumbas, porque ellos andan por allá, en el monte, vigilándonos.
Como siempre, vigilan. Ya me lo había advertido el agente secreto: “Seguro andarán por la montaña, porque deben de tener más armas enterradas en el rancho”.

Y es que ahí cerca, entre la maleza, es donde dos hondureños encadenados para que no escaparan de la migración desenterraron a los dos asesinados en el rancho. A Melesit, ya con los gusanos entrándole y saliéndole de la herida de la nuca, lo desenterraron esa misma noche, cuando un hondureño dijo que sabía dónde estaban ese cuerpo, una ametralladora Uzi y dos cargadores también bajo tierra. El otro cadáver fue desenterrado cinco días después, cuando los dos hondureños encadenados que desenterraron a Melesit fueron desenmascarados en la estación migratoria de Tapachula, a donde habían trasladado a los migrantes para deportarlos a Centroamérica.

Se escuchó un barullo en la celda de hombres y cuando los agentes de migración se acercaron a revisar, se encontraron un linchamiento en proceso. Eran los 50 indocumentados hombres intentando matar a los dos hondureños, zetas los dos.

-¡Ellos son zetas, ellos traían armas y nos tableaban en el rancho, ellos son del grupo! -se oía gritar a la turba.
Entonces los sacaron, ellos aceptaron ser zetas y fueron devueltos a Tabasco, a declarar, a ubicar al segundo muerto, al que ellos mismos habían matado y enterrado.
Los Zetas son como un cáncer que hace metástasis con rapidez y en todo lo que los rodea. Migrantes reclutados como zetas, militares reclutados por la banda, policías, taxistas, alcaldes, comerciantes.

Preguntando al enemigo

-Pero entonces, ¿todo lo del rancho La Victoria fue una casualidad? Es decir, no fue un operativo exitoso, sino dos migrantes que por cuestiones del azar encontraron a un pelotón y contaron que tras ellos quedaban 52 más -pregunto al agente secreto, que vuelve a sonreír, esta vez con una mueca cómplice, que deja muy clara su respuesta. Una sonrisa de obviedad.

-¿Por qué crees que me muevo como me muevo, despacio, paso a paso? -pregunta-. Porque aquí Los Zetas se enteran de muchos de los operativos antes que las mismas jefaturas militares. Tienen orejas en todas partes. Y cuando hay golpes como este es por una de dos razones: o porque todo ocurrió así, rápido, sin planificación, por un pitazo sorpresivo que en este caso dieron los migrantes, o porque se elabora un operativo silencioso, sin andar contándole a todas las corporaciones, paso a paso.

Todo fue una casualidad, cuestión de tiempo, de voluntades, de humores. Si aquellos dos migrantes que huyeron hubieran temido ser detenidos por los soldados… si en lugar de detenerse y denunciar hubieran corrido por el monte… si minutos antes se hubieran detenido a descansar ocultos a la vera de un árbol, al margen de la vereda, y el pequeño pelotón hubiera pasado de largo, nadie sabría siquiera de la existencia de un rancho llamado La Victoria en las afueras del pueblito Gregorio Méndez.
-Ya te dije, tienen muchas orejas repartidas -continúa el agente, que como buen infiltrado siempre sabe sorprender-. Dime, ¿había en el rancho policías judiciales?
-Sí, tres.
-Pues bueno, a uno de ellos lo están investigando porque trabaja para Los Zetas.
¡Lo que faltaba! Durante más de 30 minutos estuvimos haciendo preguntas y comentarios a un policía que está con Los Zetas. Esto es lo que les permite actuar como les da la gana. Así es como logran ser avisados de casi todos los operativos en su contra. De esta manera consiguen enterarse de a qué hora, qué día, dónde y quiénes.

Por eso es difícil actuar en su territorio. Por eso Toni solo consiguió sacar su cámara por breves minutos en todo el viaje. Por eso el agente se mueve con cautela, porque Los Zetas todo lo ven.

Ya es bastante incómodo andar por estos lugares. Ya es bastante atemorizante pasearse por una de las calles de Tenosique, el pueblo donde inicia esta ruta. Ahí, una de estas tardes, un funcionario nos trasladó en su vehículo. Mientras transitábamos por la avenida principal que parte en dos ese municipio de 55 mil habitantes, nuestro piloto iba señalando hacia ambos lados de la arteria, cada vez que nos cruzábamos con un negocio grande de muebles, medicamentos, lo que sea, y decía: -Al hijo del dueño de ese local lo secuestraron el mes pasado. Al dueño de ese negocio lo secuestraron y lo mataron hace cuatro meses. En esa calle secuestraron al ex presidente municipal, Carlos Paz, en mayo, y parece que la esposa del dueño de aquella farmacia también está secuestrada por Los Zetas…

Aquello es una vitrina de secuestros, un paseo turístico por un pueblo tomado por los narcos, donde las referencias abundan, pero en lugar de ser la esquina donde se tomaba café tal célebre personaje local, apuntan al negocio donde ocurrió el último secuestro o la cuadra donde sucedió la última ejecución.

Los Zetas, cuando dominan, dominan todo. Hacen monopolio del crimen: secuestros, extorsiones, sicariato, narcotráfico, venta al menudeo, piratería, rentas para los coyotes que circulan por su zona, todo les corresponde. Todos son giros de su negocio, y quien quiera dedicarse a alguno de ellos debe ser miembro de la banda o un empleado de ellos.

-Lo controlan todo y a todas las instituciones. Fíjate que en Tenosique muchos de los secuestros de migrantes ocurren en las vías, justo enfrente de la estación migratoria. Los agentes de migración saben que si mueven un dedo, mañana amanece uno de ellos muerto. Mejor callan y reciben lo que les pagan -explica el agente secreto.
-Habrán tardado mucho en crear esa red -suelto un pensamiento en voz alta.
-No creás -responde-. Ellos vinieron y pegaron fuerte. Lo que hicieron es incorporar a todas las pequeñas organizaciones criminales que ya existían. Si aquí apenas se empezó a escuchar de la banda en julio de 2006, cuando detienen a Mateo Díaz, alias el Comandante Mateo o el Zeta 10.

Antes de eso en Tabasco sonaba con fuerza el Cártel del Golfo, pero pocos conocían a su entonces brazo armado. Finalmente, y tras una noche de imprudencia, Mateo fue arrestado en su pequeño municipio natal, Cunduacán, aquí en Tabasco, por hacer escándalo borracho en el bar La Palotada. Lo atraparon junto a su cómplice guatemalteco, Darwin Bermúdez Zamora. La policía municipal no sabía a quién tenía entre manos, y minutos después de detenerlo, ya veían cómo un comando armado de 15 hombres atacaba con bazucas, granadas de fragmentación y AR-15 la comandancia. Mataron a dos policías en la refriega, hirieron a otros siete, destruyeron patrullas e instalaciones. Entonces se enteraron de que en sus celdas, junto a otros traviesos nocturnos, tenían nada menos que al Zeta 10, uno de los fundadores del grupo, que en 1998 desertó del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales del Ejército, los temidos GAFES, la élite de esa institución. Tenían en custodia al Comandante Mateo, de los delincuentes más buscados del país, encargado de dominar la plaza de Tabasco, Chiapas y Veracruz, tres importantes estados para la entrada de cocaína proveniente de Colombia y balas y granadas compradas en Guatemala que luego utilizan el Cártel del Golfo y Los Zetas. Habían atrapado a uno de los fundadores de un grupo que ahora tiene a sus dos cabecillas en la lista de los más buscados por las autoridades estadounidenses. Cinco millones de dólares por la cabeza del Z-3, Heriberto Lazcano, y la de Miguel Ángel Treviño Morales, el Z-40.

Mateo fue quien llegó a poner orden en esta llamada región de los ríos. Él y sus secuaces fueron los que empezaron a recitar las reglas a las pequeñas bandas locales: o se alían o se apartan. Ellos reclutaron a la pandilla de unos 30 muchachos entre los 12 y los 35 años que se dedicaban a cobrarle 100 pesos a cada migrante que quisieran abordar el tren en Tenosique. Los Zetas les ofrecieron un trato: a partir de ahora, trabajan para nosotros. A partir de ahora, no tendrán problemas con las autoridades municipales ni de migración. A partir de ahora se acabó eso de sacar solo unos cuantos pesos. Vamos a dominar la ruta, cobrar a los coyotes que pasen por aquí, castigar a los que no paguen y secuestrar a los migrantes que no viajen con uno de nuestros protegidos.

Los zetitas
-Estas bandas que ya existían son las que se encargan de muchos negocios que dan dinero a Los Zetas en esta región. Si incluso hemos detectado que se encargan de manejar el negocio de la producción de CDs piratas de música y películas Y lo manejan a su modo. Cuando llegaron, levantaron a traficantes de madera y vendedores de droga al menudeo, y les dieron una calentada. Ellos primero demuestran su forma de actuar, luego negocian -explica el agente secreto.
-A ver: ¿pero estas bandas son zetas o no? Hemos escuchado que les llaman zetitas.

El agente ríe antes de contestar: -Me gusta ese nombre: zetitas. Es más o menos lo que son. Ellos no son Zetas en el sentido de que no participan de la estructura de la banda, no manejan cargamentos de droga ni tienen una función dentro del cártel. Pero en la práctica, sí lo son. Ellos tienen permiso de identificarse como zetas, y tienen la protección de los pesados. O sea que, para cuestiones prácticas, funciona igual: si un agente de migración denuncia a uno de los zetitas de las vías, se está metiendo con un negocio protegido por los grandes zetas, y estos se van a vengar. Pero los que andan en las vías son solo los que recogen a los migrantes, jefes de esas bandas de chavos que existían antes. Ellos convencen con mentiras a los migrantes de que se vayan a sus casas, que los llevarán a la frontera con Estados Unidos, pero luego los entregan a otros que ya son sicarios del cártel, como los que estaban en el rancho La Victoria.

Uno de aquellos días, bajo un permanente sol que calcina la piel, decidimos movernos a Macuspana, un pequeño municipio rural ubicado a unos 250 kilómetros de Tenosique. Por ahí pasa el tren. Por ahí pasan los migrantes que salieron de las vías de Tenosique. Y ahí, como en El Águila, El Barí, El 20, Villa, El Faisán, Gregorio Méndez y Emiliano Zapata, hay bandas de zetitas.

En Macuspana no hay albergue. Lo que hay es una iglesia con un traspatio donde los migrantes tienen techo y comida hasta que sigan su camino. De la iglesia salió un hombre delgado y de rostro anguloso. Es el administrador de la parroquia. Con parsimonia, arregló dos bancas alrededor de una mesa, y empezamos una conversación que poco tardó en terminar.

Cuando le explicamos que buscábamos información sobre las bandas de secuestros, el hombre enmudeció. Sus ojos se volvieron esquivos y el color moreno de su rostro empalideció. “No sé nada de eso, yo solo doy de comer a los migrantes, no sé nada”. Esa, como era obvio, sería su respuesta final.

Decidimos salir de la parroquia y tumbarnos en el traspatio con los ocho hondureños y el guatemalteco que dormitaban ahí. El proceso siempre es igual. Ellos tantean a quien les pregunta. El truco para que un migrante empiece a confiar consiste en hablarle del camino, demostrarle que uno también lo conoce, que conoce sus códigos, sus peligros, su tren, sus rutas. Así se logra que en unos minutos la respuesta inicial -“tranquilo, compa, todo tranquilo, gracias a Dios-, siempre falsa, vaya cambiando, y ellos empiecen a contar lo que en realidad han vivido.

Pasado el protocolo me enteré de que tres de los ahí presentes se libraron de un secuestro en El Barí. El guatemalteco de El Petén que los lideraba por ser su segundo intento tuvo la perspicacia de detectar que cuando se les acercó un hombre dentro de una camioneta, con una escuadra en la solapa y diciendo al celular “tengo a un grupito”, era un buen momento para echarse a correr.

Pero me concentré en el hondureño gordo del rosario negro, que hacía los comentarios más osados. Si yo decía: “En esas vías te llegan con mentiras para hacerte caer”. Él complementaba: “Y te sacan el número de teléfono, que es lo que les importa”. Si yo agregaba: “Y te lo sacan como si de verdad fueran coyotes que te van a llevar”. Él continuaba: “Pero al final pura mentira, más adelante te enterás de que vas secuestrado para Coatzacoalcos”. Luego, la charla de todos se convirtió en charla de dos.

Este hondureño era un tipo de talante duro. Se le notaba la calle en sus palabras, en sus maneras. Asegura que en su viaje anterior, y gracias a que vieron en él a un tipo temerario, le dieron posada en la casa de El Cocho, el líder de la banda de zetitas de El Barí. Intentaban hacerlo ingresar al grupo, pero él no quiso. “Y como sabían que yo no tenía a nadie que pagara por mí, no me secuestraron, sino que ahí me daban posada”, aseguró. Nunca le creí del todo la historia, no sé si era verdad o si él era un infiltrado de los que Los Zetas meten en el tren para seleccionar víctimas. Lo cierto es que gran parte de lo que contó me lo confirmó luego el agente secreto.

El hondureño aseguró que El Cocho, un compatriota suyo como de 30 años, es el líder de la banda de zetitas que operan en El Barí, uno de los puntos de secuestro más calientes de esta región de los ríos. Aseguró que ese líder de banda trabaja con otros nueve hondureños que como él nunca se alejan de su 9 milímetros. “Ni para dormir”. Que la banda de El Cocho sigue activa, pero que de momento se han refugiado en el monte, “debido a un operativo que hubo”. Dijo que eso le habían contado ahora que pasó por ahí, antes de llegar a Macuspana. Todo coincide. Hace dos meses hubo un operativo en el que 24 migrantes fueron liberados por los militares en ese poblado. Cuando los militares llegaron, ya estaban ahí los policías municipales de El Barí. Todos los zetitas habían huido.
-Es que están compinchados, si cuando yo estaba ahí llegaban los policías a comer con El Cocho, y él les daba un sobre con dinero -recordó el hondureño gordo tumbado en el piso del traspatio.

Luego, pasó a describir a la banda del hotel California. Esta es una de las más descaradas expresiones de la impunidad que he visto en estos años cubriendo migración. El hotel California es reconocido en Tenosique -por absolutamente todas las autoridades que, a pesar de no dar su nombre, aceptaron hablar- como propiedad de Los Zetas, como sitio donde guardan armas, droga y a grupos de migrantes secuestrados antes de trasladarlos. Ese hotel está justo a la par de la garita de migración y ambos locales están justo frente a las vías donde han ocurrido decenas de secuestros masivos.

Ahí, dijo el migrante en Macuspana, trabajan unas 10 personas al servicio de El Señor de los Trenes. Este, un hondureño de unos 40 años, es un ex pollero que allá por 2007, cuando llevaba a un grupo de centroamericanos, fue atrapado por Los Zetas en su cruzada por evitar que un coyote que no les pague pudiera pasar por su zona. Él dijo que no conocía las reglas, que quería compensar su error, y durante más de un año estuvo en una esquina de Coatzacoalcos (Veracruz) vendiendo tamales y grapas de cocaína. Luego de pagar piso y de que El Gordo, ex jefe de la banda de zetitas de Tenosique fuera detenido, le fue entregada esa plaza de secuestros y ese grupo de zetitas. Ahora, cuando El Señor de los Trenes se rapa la cabeza, se le puede ver la Z que lleva tatuada.

-Si a mí me pagara la policía por enseñarles dónde vive El Cocho, dónde vive El Señor de los Trenes y encontrarles a unos tres líderes más de esas bandas, yo en un día se los entrego -fue la manera en que se despidió el hondureño en Macuspana antes de que nos largáramos de ahí.

Unos comprados, otros asustados
-Eso del hotel California es conocido, pero nadie interviene. Tienen a medio mundo comprado, y no solo autoridades. Fíjate en las muchachas que en cada una de las dos entradas del pueblo están todo el día y la noche vendiendo refrescos. ¿Crees que a eso se dedican?
El agente hace una pausa, vuelve a sonreír misterioso sosteniendo la mirada y se contesta a sí mismo: -Nooo. Ellas se encargan de vigilar si entran convoyes militares, si entra algún vehículo sospechoso, si entran al pueblo más carros de los que normalmente vienen. Claro, tú solo ves a unas muchachas jovencitas vendiendo refrescos.

Contratan a muchachas de pueblo, a centroamericanos migrantes, a autoridades y comerciantes. Un pueblo se domina teniendo de tu parte a medio pueblo y poniendo a temblar a la otra mitad. A los que se oponen, como Fray Jesús, un párroco jóven y aguerrido de la iglesia de Tenosique, que ha denunciado en sus prédicas y ante algún medio de comunicación el dominio de Los Zetas, los amenazan. Este fraile ha recibido tres avisos: dos amenazas por escrito, una puesta en el parabrisas de su carro y otra lanzada por debajo del portón de la parroquia, y una amenaza más enviada por terceros: “Dígale a ese padrecito que si se sigue metiendo en lo que no le importa le va a ir mal”.

Por eso, en estos pueblos vives entre dos fantasmas, y juzgas a todas las personas de ese modo: los que temen y los que amenazan. La señora de la farmacia que, al ver pasar a un desconocido, baja la cabeza, teme. Los hombres del automóvil amarillo que han pasado tres veces frente a nosotros en menos de cinco minutos, amenazan.
-Es que hablamos de gente con dinero. Los Zetas le están cobrando entre 50 mil y 200 mil pesos mensuales a cada banda de zetitas que tienen en esta zona, y aún así a las bandas les queda dinero para ellos y para sobornar autoridades. Y ten en cuenta que este es su negocio para el sencillito. Ellos sacan dinero del tráfico de drogas, balas y granadas. Los migrantes son su tercer negocio -continúa el agente.

Piensa un rato mientras en la mesa hay un silencio. Matiza: -Sí, es su tercer negocio, pero ellos no tienen negocios pequeños, solo negocios de mucho dinero y que implican poner a funcionar toda su maquinaria de corrupción. Somos reservados al calcular que el 40% de todas las corporaciones policíacas que actúan en el Estado están controladas por Los Zetas.

El policía y el periodista
Las dos reuniones empezaron con los protocolos del miedo a los que obliga la región. Al periodista llegamos fácilmente, a través de colegas suyos. Le llamamos una tarde y convenimos que ya que él sabía por nuestro contacto de lo que queríamos hablar, lo mejor era que lo hiciéramos en persona. Nos movimos de Villahermosa, la capital del Estado, hacia uno de los pueblitos de la zona de los ríos. Bajamos del autobús y nos sentamos en el pequeño restaurante que nos había indicado.

A la media hora entró un acalorado hombre, sacudiéndose el sudor y con un montón de papeles bajo el brazo. Era él, el periodista de la zona que lleva más de 10 años cubriendo los avatares de esta región de balazos, narcos, autoridades corruptas y militares. Una zona que, por tramos de carretera, cuando los convoyes verde olivo se pasean, evoca a las imágenes del Irak que tenemos en la mente.

El periodista escribía una nota en su computadora portátil mientras hablaba y sacudía la cabeza de lado a lado, viendo los movimientos de un viejo zarrapastroso que estaba en la mesa de al lado. Entre vendedoras de jugos que trabajan como halcones y autoridades corruptas, cualquiera puede ser un oreja, un vigía, un zeta.

Hablamos un poco en el restaurante, pero era obvio que lo mejor era movernos de ahí, irnos a otro sitio, donde no tuviéramos que susurrar cada vez que decíamos Zetas. Nos trasladamos a un pequeño local repleto de cacharros electrónicos por todos lados. Ahí, el nervioso hombre no paró de hablar. Encendió su computadora y empezó a mostrar algunas de sus fotos.

Ranchos de secuestros, zetas presentados por la autoridad, policías corruptos atrapados mientras culminaban algún negocio para la banda y cadáveres, varios cadáveres.
Pero nosotros queríamos que el periodista nos hablara de por qué nadie cuenta lo que todos saben, lo que se puede averiguar en un par de semanas. ¿Por qué nadie habla de las autoridades corruptas de los pueblos si todos saben quiénes son? ¿Por qué solo lo hacen cuando la policía detiene a alguno de ellos y lo presenta ante los medios? ¿Por qué nadie cuenta sus dinámicas, su red, su forma de operar, sino solo hechos puntuales, con poco contexto, con poca raíz?
Su respuesta llegó en dos argumentos, a cual más contundente:
-Porque yo vivo aquí, y aquí vive mi familia. Y, como tú dices, si ellos tienen a medio pueblo comprado, también saben dónde vives, cómo te llamas, cuántos años tienen tus hijos y dónde estudian. Y además, porque si como yo, eliges arriesgarte y publicas algo, te pasa lo que a mí me pasó. Llega una camioneta negra a tu casa con dos hombres armados. Tocan la puerta, preguntan por ti y te dicen: A ver, venimos a ver cómo la vas a querer: ¿Por las buenas? Pues deja de escribir pendejadas. ¿Por las malas? Te matamos a ti y a toda tu familia.

Y asunto zanjado. Una lápida sobre las letras de los periodistas, no necesariamente sobre sus medios, que tienen sus oficinas en la capital o en una ciudad grande. Un mutis a los que viven en estos pueblos, a los que intentan contar las grandes historias de sus pequeñas localidades, que viajan sin guardaespaldas, que ganan sueldos de miseria y que escriben desde sus casas, donde viven sus hijos.

Porque cuando estos delincuentes lanzan su consigna, cuando dicen “nosotros somos Los Zetas”, o te doblas o te doblan. Lo sabe el periodista, y lo saben los migrantes secuestrados, y lo supo también Mario Rodríguez Alonso, el director de tránsito de Emiliano Zapata, un pueblo cercano, que hizo caso omiso a la consigna y arrestó a un conductor ebrio que gritó que era zeta, que no se metiera con él. Un día después, en julio del año pasado, por la mañana, a la luz del día, un comando armado lo sacó de la estación policíaca y lo devolvió al siguiente día, ya muerto, con rastros de tortura, una bolsa negra cubriendo su rostro, sus manos esposadas por la espalda y varios impactos de bala en el cuerpo.

Cuando días después buscamos a un policía municipal para preguntarle cómo se siente que te pasen encima los que deberían de temerte, el procedimiento fue más complejo. Lo contactamos a través de un pariente suyo que conocimos gracias a una fuente gubernamental. Nunca hablamos con él antes del encuentro. Solo recibimos instrucciones de su pariente: a las 2 de la tarde, en el pequeño comedor de la esquina, cerca del río.
Llegó puntual. El policía, en su día libre, vigilaba el comedor desde una esquina. Cuando llegamos, se acercó y nos invitó a caminar por el callejón hasta llegar a la sombra de un árbol en la ribera del río. La conversación inició ya sin temores:
-Dicen que a veces los llaman a la comandancia y les ponen narcocorridos a todo volumen -le comenté.
-Sí, a veces hacen eso los cabrones, y a varios comandantes de la municipal les llaman a su casa de repente, sin que hayan hecho nada, para amenazarlos, que si se meten con ellos ya saben dónde viven y que les van a matar a la familia -respondió.
-¿Y eso pasa seguido?
-Mira, siempre hay algún evento. Hace cinco días apareció el último ejecutado en Tenosique, en la colonia Municipal, era un vendedor de ganado. Hace tres meses mataron a un comandante de la policía, que pensó que era juego y empezó a molestar mucho a Los Zetas, a hacer operativos por el hotel California.
Se refería al comandante de la policía de Tenosique Tirson Castellanos, que en su día franco se dedicaba a compra-venta de vehículos hasta que fue interceptado cuando se dirigía a su casa por una camioneta con sicarios. Tirson logró correr y refugiarse en el baño de un taller mecánico, hasta donde los pistoleros llegaron para descargar sus 9 milímetros. El cuerpo de Tirson recibió 14 impactos.
-Y usted, ¿qué hace para seguir vivo? -pregunté al municipal.
-Me desentiendo, me dedico a otras cosas, a rateros y borrachos. Ya me ha tocado que andando en los ejidos se nos atraviesen dos camionetas. Se bajan y se identifican: “Somos Los Zetas”, y te presumen sus armas y lo que ganan y te dicen que trabajes para ellos. Yo les digo que no, y se ponen violentos, pero les digo que tampoco me meto en su camino, y te dicen: “Más te vale, hijo de la chingada”. O cuando hacíamos un retén de tránsito, y pasan tres camionetas con hombres vestidos de la AFI (Agencia Federal de Investigaciones), y les preguntábamos si iba a haber operativo, y nos contestaron: “No somos ley, nosotros somos Los Zetas”. El comandante que estaba en el retén fue inteligente, y les contestó: “Pasen adelante, yo no quiero nada con ustedes. Trabajen, que yo no los veo”. Nunca había visto tantas armas juntas como las que llevaban en esos carros.
-Supongo que algunos en tu corporación sí trabajarán para ellos.
-Mira, yo sé que algunos lo hacen, pero intento no enterarme, no averiguar y no confiar en nadie.
-No hay solidaridad entre corporaciones.
-Olvídate. Todas tienen a gente comprada. Si tú detienes a un zeta, ellos mismos te delatan, dan tu nombre a los que quedan fuera, y tu familia corre riesgo. Todos andan tras algo. Mira nada más lo de El Ceibo, se reportaron dos escuadras cuando lo que agarraron fueron cinco y un cuerno de chivo.
Se refería a lo ocurrido hace unos días, cuando cerca de El Ceibo, la frontera del lado de Guatemala, un pequeño poblado que funciona como mercado negro de armas y balas, los policías mexicanos detuvieron de su lado de la línea a un joven que llevaba escondidas cinco pistolas 9 milímetros y un fusil AK-47 en su carro. Nosotros estábamos ahí, esperando que el ejército de Guatemala realizara el anunciado operativo contra ese mercado que provee de balas y granadas a Los Zetas. El operativo fue un fracaso. Para cuando ocurrió, ya todos en El Ceibo estaban alertas. Por su parte, los policías mexicanos solo reportaron haber encontrado dos pistolas. El resto de armas quién sabe a dónde fueron a parar.

No se sabe en quién confiar. Tiene toda la razón el municipal. El poder de infiltración de Los Zetas no deja libre a ninguna corporación. Ni siquiera al ejército, al que muchos señalan como la única autoridad que combate al narco. Por ejemplo, el 1 de julio de este año, la inteligencia mexicana detuvo a 16 militares de las bases de Villahermosa y Tenosique, acusados de trabajar con Los Zetas, avisar de operativos y maquinar un complot para asesinar al comandante Gilberto Toledano, que ha coordinado varios operativos, como el realizado contra el rancho La Victoria.

Sin luz al final del túnel
El calor aún es sofocante en este café con estructura de pecera cuando la conversación con el agente secreto va terminando y a pesar de que el sol se oculta.
-Es complicado todo esto -dice el agente, ya a manera de resumen-. Es complicado porque primero hay que eliminarles todas sus infiltraciones. Constituir un frente común, y que todo el aparato del Estado luche contra ellos. Entonces empezaría una verdadera batalla.
-Y entonces, lo que hacen ahora, ¿qué es? -pregunto.
-Una especie de juego muy delicado, pero que no da los resultados que podría dar.
A manera de despedida, iniciamos un intercambio de pensamientos inútiles pronunciados en voz alta. “Es difícil… sí, complicado… un trabajo duro… poco a poco y con cuidado”.
Una sensación de impotencia me invade. Seguramente la misma sensación que ha recorrido el cuerpo del periodista, el policía, el fraile y el agente más de una vez. Estamos sentados, conversando sobre un miedo que al salir de esta pecera volverá a recorrernos cuando caminemos por las calles de estos pueblos y nos crucemos con su gente cabizbaja y sus hombres rondando en sus carros, donde pronto habrá otro ejecutado y muchos migrantes más serán secuestrados.
 
Texto: Óscar Martínez
 
Los Zetas, la modernidad del narco.
La organización criminal de Los Zetas se ha convertido en “una empresa mercenaria” que recurrió a la violencia extrema en México para posicionarse como una de las más poderosas del país, cerca del cártel de Sinaloa de Joaquín “El Chapo” Guzmán, declaró hoy a Efe el periodista Diego Enrique Osorno.

“Los Zetas son la modernidad del ‘narco’. Es un grupo que decidió romper con los pactos nacionales, que decidió que no tenía que venir a Ciudad de México o a Sinaloa para organizar en su territorio el tráfico de drogas”, apuntó el periodista (Monterrey, 1980).

Autor del libro de crónicas “La guerra de Los Zetas. Viaje por la frontera de la necropolítica” (Grijalbo, 2012), Osorno confiesa que la singular organización criminal liderada por Heriberto Lazcano y Miguel Ángel Treviño Morales ha convertido al nordeste del país en el “epicentro” del horror de México.

En su libro, de reciente publicación, Osorno cuenta “la transformación de estas ciudades y pueblos del nordeste mexicano a partir de la irrupción de Los Zetas en la realidad” y “en el imaginario” de la gente.

“Lo estructuré como un viaje. Empiezas en Monterrey, va viajando por la periferia de la ciudad, Guadalupe, San Pedro Garza García, Santiago, te vas metiendo hasta llegar a la frontera. Acaba en Fort Worth (Texas), en una feria de armas”, señala.

La obra está construida “de forma terrestre, hablando con gente” de Nuevo León y Tamaulipas, analizando el contexto que están en medio de la lucha que libran las autoridades contra los cárteles y de estos entre sí.

Según Osorno, la zona “es realmente un estado colapsado, donde se vive una tragedia humanitaria” cotidiana.

“Tenemos mínimo 20.000 desaparecidos contados por organizaciones internacionales, desplazamientos de casi 50.000 personas”, y matanzas terribles como la que en agosto de 2010 le costó la vida a 72 inmigrantes hallados sin vida en San Fernando, agregó.
Buena parte del libro se centra precisamente en Tamaulipas, el estado donde nació a comienzos de la década pasada la organización criminal de Los Zetas.
Osorno sostiene que el grupo criminal “ha usado la violencia extrema como su forma de posicionarse”, una estrategia que lo diferencia de un cártel de la droga tradicional.
“Controlan territorios para que por ellos pase desde cocaína, procedente de Colombia, hasta personas desde Centroamérica o cualquier otra cosa”, lo que les convierte en una “‘Blackwater’ (la empresa estadounidense de seguridad privada) mexicana pero ilegal”.
El periodista deplora cómo desde 2007 el presidente de México, Felipe Calderón, incorporó la palabra “guerra” al discurso político de los mexicanos para justificar su estrategia de combate frontal a los cárteles.

Algo que en principio “daba cierto heroísmo, cierta gallardía” a las acciones impulsadas por el Gobierno ha cobrado con el tiempo un significado de muerte y destrucción que perciben, sobre todo, los habitantes del nordeste de México, indica Osorno.
Si con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el poder se podía hablar de “narcopolítica”, componendas del poder con los narcotraficantes, en “el Gobierno de Calderón pasamos a la ‘necropolítica’”.

El término alude a cómo “toda la industria que combate, que hace la guerra, tiene unas ganancias increíbles” en México, y cómo, además de lucrarse políticamente con la guerra contra el crimen, también hay réditos económicos para determinadas autoridades y secretarías (ministerios) que se benefician de los presupuestos “más grandes de la historia” del país.

“Creo que sobre todo en los últimos tres años el tema de la muerte y de la guerra se volvió un asunto de lucro político a diferentes niveles”, asegura.
El prólogo del libro estuvo a cargo del escritor mexicano Juan Villoro, quien afirma que Osorno “no estigmatiza ni simplifica a sus informantes” y reconstruye la vida del lugar entrevistando a “políticos, testigos protegidos, sociólogos, colegas del periodismo, soldados y una representante de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por su sigla en inglés) de Estados Unidos”.

Periodista de Gatopardo y colaborador de medios como Reforma y El Universal y antaño en el Grupo Milenio, entre otros, Diego Enrique Osorno ha publicado varios libros más de crónicas como “Oaxaca sitiada” (2007), “El cártel de Sinaloa” (2009) y “Nosotros somos los culpables” (2010).

Fuente: CosechaRoja.org

jueves, 11 de octubre de 2012

Las cárceles, centros para el reclutamiento de Los Zetas

Durante doce horas, 131 presos se deslizaron, en cuclillas, por un estrecho túnel que les permitió escapar de la cárcel de Piedras Negras, Coahuila, al noreste de México. Fue la segunda fuga masiva más grande en la historia reciente del país. Y es, para algunos especialistas, una muestra más de que la guerra contra y entre carteles de narcotráfico también se libra en las prisiones.

En los últimos seis años, más de 700 presos han escapado de cárceles en varias ciudades, muchos vinculados con la delincuencia organizada. La mayoría de las fugas han ocurrido en zonas con presencia del cartel de Los Zetas, uno de los más peligrosos de la región, según autoridades mexicanas. Esto no es casualidad, le dice a BBC Mundo el analista Alberto Islas, director en México de la empresa consultora Risk Evaluation. En muchas prisiones estatales existen reos de alta peligrosidad mezclados con delincuentes comunes, explica. Son prisiones con bajos niveles de seguridad que fácilmente pueden ser controlados por los cárteles. Los Zetas, y otros grupos, aprovechan esta condición. “Rescatan a gente entrenada que ya conocen, saben cómo trabajan y el manejo de la organización”. “Les sale más barato, por la baja seguridad de los penales, sacarlos a ellos que reclutar gente nueva. Lo hacen porque el riesgo de rescatar gente de la cárcel es muy bajo”.

Estrategia
Así, subraya el especialista, en la disputa que mantiene con otros carteles, Los Zetas se han surtido de soldados entre los internos de las prisiones. A eso hay que sumarla la sangrienta disputa que enfrenta a los dos principales líderes de los Zetas, Heriberto Lazcano (alias El Lazca o Z3) y Miguel Ángel Treviño Morales (alias Z40). De hecho, la mayoría de los presos que escaparon de la cárcel de Piedras Negras pertenecen a esta organización, reconoció el procurador (fiscal) de Coahuila Homero Ramos Gloria. Es una estrategia que ha resultado efectiva para la organización. Los nuevos soldados suelen encargarse de acciones violentas contra sus rivales, e incluso algunos son responsables de masacres recientes en el noreste del país, de acuerdo con la Procuraduría (fiscalía) General de la República (PGR). Es el caso del asesinato de 49 personas cuyos torsos fueron abandonados en Cadereyta, Nuevo León, en mayo pasado. Uno de los acusados de la matanza es Ricardo Barajas, conocido como “El Bocinas” y quien meses antes escapó de la prisión de Apodaca, Nuevo León, junto con otros 29 reos. Para concretar la fuga, Los Zetas organizaron una matanza de 44 prisioneros que pertenecían a su rival, el Cartel del Golfo. “El Bocinas” fue recapturado en agosto por el Ejército. Los dos asesinatos masivos fueron parte de la disputa de estos grupos por controlar las rutas de tráfico de drogas y el secuestro de migrantes en Tamaulipas, al noreste del país, según confesaron los detenidos a las autoridades. En este estado han ocurrido la mayoría de las fugas masivas de reos por una razón, explica Islas: es un territorio codiciado por varias organizaciones delictivas. “El mercado de droga sigue aumentando y por eso reclutan más gente. Es como en cualquier negocio: si no tienes ventas no contratas empleados, y ahora seguramente quieren tomar otra plaza, se están expandiendo y por eso necesitan gente preparada”, le explicó el analista a BBC Mundo.

¿Cárcel?
Más allá de la disputa de carteles, la condición de las cárceles mexicanas es un serio problema de seguridad, reconocen organizaciones civiles y autoridades. Recientemente la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) advirtió que en las prisiones de Ciudad de México, por ejemplo, el verdadero control lo tienen los internos que han formado una especie de “autogobierno”. La misma situación ocurre en al menos la mitad de las cárceles del país, especialmente las ubicadas en zonas que disputan los carteles de narcotráfico, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Eso ha provocado que, en algunos casos, las prisiones se conviertan en refugio para los delincuentes.

Un ejemplo fue el caso de Humberto Ramírez Bañuelos, conocido como “La Rana”, ex jefe de sicarios del Cartel de Tijuana y quien se hizo encarcelar para escapar de una sentencia de muerte que emitieron los jefes de la organización. Otra muestra fue Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, quien según investigaciones de la PGR vivió cómodamente en la prisión de alta seguridad de Puente Grande, Jalisco, de la que decidió escapar cuando supo que podría ser extraditado a Estados Unidos. La crisis en las prisiones alarma a las autoridades. La Secretaría de Seguridad Pública (SSP) ha enviado a cárceles de alta seguridad a cientos de reos vinculados con carteles de la droga y otras organizaciones de delincuencia organizada. Pero muchos aún permanecen en centros penitenciarios de baja seguridad, y es allí donde existe el mayor problema, ha reconocido el secretario de Seguridad, Genaro García Luna.

 
Fuente: Animal Político

miércoles, 10 de octubre de 2012

ONU: Los Zetas dominan Centroamérica

por, Henia Prado, Reforma.
 
 
 
El cártel de los Zetas se ha convertido en una fuerza dominante entre los grupos criminales que operan en Centroamérica, advierte la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés).

En el reporte “Delincuencia Organizada Transnacional en Centroamérica”, presentado ayer, detalla que esa banda está involucrada en el trasiego de cocaína, el tráfico de migrantes, la trata de personas y el contrabando de armas en la región.

Establecen alianza
Desde 2008, indica, Los Zetas cuentan con una sección en Guatemala que estableció alianzas con grupos locales como Los Lorenzana y combatió a otros como Los Mendoza y Los Leones, que están asociados con cárteles mexicanos del Pacífico.

La banda, señala, tienen también presencia en Belice y, a través de sus aliados, en las fronteras de Guatemala con Honduras y El Salvador, por donde cruzan los mayores cargamentos de cocaína.

El ‘cuello de botella’

La UNODC estima que 90 por ciento de la cocaína enviada desde Sudamérica a México y Estados Unidos pasa actualmente por Guatemala, que se ha convertido en un “cuello de botella”, ya que la lucha contra los cárteles iniciada por el Presidente Felipe Calderón complicó el flujo de esta droga por territorio mexicano.

De hecho, las incautaciones de cocaína son muestra de la contención de droga en Centroamérica: mientras que en esta región el rango de decomisos se elevó anualmente de 20 a casi 100 toneladas en un periodo de 11 años, en México disminuyó de 40 a menos de 10.

En Honduras, en el mes de marzo, las autoridades decomisaron una gran cantidad de fusiles, lanzagranadas antitanques, municiones y placas de policías mexicanos ocultos en un túnel de un edificio de la costa atlántica de ese país, en el marco de un operativo contra el cártel.

Desafió ‘Talibán’ a Zetas
Iván Velázquez Caballero, “El Talibán” o “El Z-50? desafió al número dos de Los Zetas, Miguel Treviño Morales, “El Z-40?, por el control de San Luis Potos, y debido a esa disputa abandonó a esa organización criminal y buscó alianza con el Cártel del Golfo, informó la Secretaría de Marina (Semar).

Luego de haber sido capturado ayer a las 18:35 horas en la colonia Tangamanga de la capital potosina, “El Talibán” fue presentado este jueves por la Armada ante los medios de comunicación junto con dos presuntos cómplices.

Los otros dos detenidos fueron identificados como Manuel Antonio Guerrero y Carlos Uriel de Santiago Hernández, el primero de 27 años, originario de Monterrey, Nuevo León, y el segundo de 19 años, oriundo de San Luis Potosí.

La información naval tenía identificado a Velázquez como jefe regional para “Los Zetas” de Zacatecas, Aguascalientes y Guanajuato.

 
Fuente: CosechaRoja.org

miércoles, 26 de septiembre de 2012

México: Las cárceles, centros para el reclutamiento de Los Zetas.

Durante doce horas, 131 presos se deslizaron, en cuclillas, por un estrecho túnel que les permitió escapar de la cárcel de Piedras Negras, Coahuila, al noreste de México.

Fue la segunda fuga masiva más grande en la historia reciente del país. Y es, para algunos especialistas, una muestra más de que la guerra contra y entre carteles de narcotráfico también se libra en las prisiones.

En los últimos seis años, más de 700 presos han escapado de cárceles en varias ciudades, muchos vinculados con la delincuencia organizada. La mayoría de las fugas han ocurrido en zonas con presencia del cartel de Los Zetas, uno de los más peligrosos de la región, según autoridades mexicanas.

Esto no es casualidad, le dice a BBC Mundo el analista Alberto Islas, director en México de la empresa consultora Risk Evaluation.

En muchas prisiones estatales existen reos de alta peligrosidad mezclados con delincuentes comunes, explica. Son prisiones con bajos niveles de seguridad que fácilmente pueden ser controlados por los cárteles. Los Zetas, y otros grupos, aprovechan esta condición.

“Rescatan a gente entrenada que ya conocen, saben cómo trabajan y el manejo de la organización”.

“Les sale más barato, por la baja seguridad de los penales, sacarlos a ellos que reclutar gente nueva. Lo hacen porque el riesgo de rescatar gente de la cárcel es muy bajo”.

Estrategia
Así, subraya el especialista, en la disputa que mantiene con otros carteles, Los Zetas se han surtido de soldados entre los internos de las prisiones. A eso hay que sumarla la sangrienta disputa que enfrenta a los dos principales líderes de los Zetas, Heriberto Lazcano (alias El Lazca o Z3) y Miguel Ángel Treviño Morales (alias Z40).

De hecho, la mayoría de los presos que escaparon de la cárcel de Piedras Negras pertenecen a esta organización, reconoció el procurador (fiscal) de Coahuila Homero Ramos Gloria.

Es una estrategia que ha resultado efectiva para la organización. Los nuevos soldados suelen encargarse de acciones violentas contra sus rivales, e incluso algunos son responsables de masacres recientes en el noreste del país, de acuerdo con la Procuraduría (fiscalía) General de la República (PGR).

Es el caso del asesinato de 49 personas cuyos torsos fueron abandonados en Cadereyta, Nuevo León, en mayo pasado.

Uno de los acusados de la matanza es Ricardo Barajas, conocido como “El Bocinas” y quien meses antes escapó de la prisión de Apodaca, Nuevo León, junto con otros 29 reos.
Para concretar la fuga, Los Zetas organizaron una matanza de 44 prisioneros que pertenecían a su rival, el Cartel del Golfo. “El Bocinas” fue recapturado en agosto por el Ejército.

Los dos asesinatos masivos fueron parte de la disputa de estos grupos por controlar las rutas de tráfico de drogas y el secuestro de migrantes en Tamaulipas, al noreste del país, según confesaron los detenidos a las autoridades.

En este estado han ocurrido la mayoría de las fugas masivas de reos por una razón, explica Islas: es un territorio codiciado por varias organizaciones delictivas.

“El mercado de droga sigue aumentando y por eso reclutan más gente. Es como en cualquier negocio: si no tienes ventas no contratas empleados, y ahora seguramente quieren tomar otra plaza, se están expandiendo y por eso necesitan gente preparada”, le explicó el analista a BBC Mundo.

¿Cárcel?
Más allá de la disputa de carteles, la condición de las cárceles mexicanas es un serio problema de seguridad, reconocen organizaciones civiles y autoridades.

Recientemente la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) advirtió que en las prisiones de Ciudad de México, por ejemplo, el verdadero control lo tienen los internos que han formado una especie de “autogobierno”.

La misma situación ocurre en al menos la mitad de las cárceles del país, especialmente las ubicadas en zonas que disputan los carteles de narcotráfico, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).

Eso ha provocado que, en algunos casos, las prisiones se conviertan en refugio para los delincuentes.

Un ejemplo fue el caso de Humberto Ramírez Bañuelos, conocido como “La Rana”, ex jefe de sicarios del Cartel de Tijuana y quien se hizo encarcelar para escapar de una sentencia de muerte que emitieron los jefes de la organización.

Otra muestra fue Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, quien según investigaciones de la PGR vivió cómodamente en la prisión de alta seguridad de Puente Grande, Jalisco, de la que decidió escapar cuando supo que podría ser extraditado a Estados Unidos.

La crisis en las prisiones alarma a las autoridades. La Secretaría de Seguridad Pública (SSP) ha enviado a cárceles de alta seguridad a cientos de reos vinculados con carteles de la droga y otras organizaciones de delincuencia organizada.

Pero muchos aún permanecen en centros penitenciarios de baja seguridad, y es allí donde existe el mayor problema, ha reconocido el secretario de Seguridad, Genaro García Luna.

por, Animal Político
Fuente: CosechaRoja.org

lunes, 13 de agosto de 2012

El rol de los bancos en el lavado de dinero.

Compartimos con ustedes esta noticia publicada recientemente por el Wall Street Journal, evidenciando la importancia del sistema bancario como vía fundamental para lavar activos de origen ilícito.

El FBI vincula cuentas bancarias en Bank of America a narcos mexicanos.
Un cartel mexicano de tráfico de cocaína utilizó cuentas de Bank of America Corp. para ocultar dinero e invertir las ganancias ilegales del narcotráfico en caballos de carrera estadounidenses, según una investigación de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI).

Los presuntos lazos entre la violenta banda de traficantes conocida como Los Zetas y el segundo banco de Estados Unidos por activos aparecen descritos en una declaración jurada de 35 páginas presentada el mes pasado ante una corte federal de Texas. Según un agente del FBI, un negocio de compra y entrenamiento de caballos creado para lavar dinero proveniente de las drogas tenía cuentas en el banco con sede en Charlotte, Carolina del Norte.

Un ciudadano estadounidense, el hermano de un capo de Los Zetas, presuntamente actuaba como el jefe de la operación ecuestre del cartel y depositaba y retiraba dinero de las cuentas de Bank of America y de una cuenta personal separada, indica el FBI en el documento.

La declaración jurada del agente del FBI describe en torno a una decena de transacciones desde diciembre de 2009 en las que se depositaron o retiraron más de US$1,5 millones de dos cuentas en el banco.

Durante un período de casi dos años, los Zetas supuestamente trasladaron en torno a US$1 millón al mes para la compra de caballos de raza cuarto de milla, especializados en las carreras de distancias cortas.

En septiembre de 2010, uno de los caballos que supuestamente pertenecía al cartel, Mr. Piloto, sorprendió a todos ganando el primer puesto y US$1 millón en la mayor carrera de la modalidad, conocida como All American Futurity, que tiene lugar en Ruidoso Downs, Nuevo México. Después del triunfo, un cheque del hipódromo por US$899.549,70 fue depositado en una cuenta de Bank of America a nombre de Tremor Enterprises LLC, el presunto negocio del cartel, según el FBI.

Tremor compró Mr. Piloto con un cheque de US$100.000 proveniente de la misma cuenta de Bank of America, indicó el FBI, citando la documentación del banco.

Bank of America no ha sido acusado de ningún delito y está cooperando con las autoridades en la investigación, según fuentes al tanto.

Un vocero del Fiscal de Estados Unidos del Distrito Occidental de Texas no pudo ser localizado para comentar al respecto.

Un vocero de Bank of America dijo: “Tenemos robustos sistemas contra el lavado de dinero y procedimientos que cumplen con los requisitos regulatorios y legales. Cuando descubrimos operaciones sospechosas llevadas a cabo a través de cuentas de clientes, tomamos medidas inmediatamente e informamos a las autoridades correspondientes”.

La Ley de Secreto Bancario obliga a los bancos estadounidenses a informar a las autoridades federales cualquier actividad sospechosa o transacciones en efectivo de más de US$10.000. Las entidades también deben contar con elaborados sistemas diseñados para detectar la actividad delictiva dentro de sus redes. El incumplimiento puede traducirse en multas o acciones judiciales.

La declaración jurada no indica cómo ni cuándo fueron abiertas las cuentas. Tremor está domiciliada en Balch Springs, Texas, y estaba presuntamente dirigida por José Treviño Morales, quien la semana pasada se declaró inocente durante una audiencia en Austin, Texas, de un cargo de lavado de dinero. Un juez ordenó su encarcelamiento dado el riesgo de fuga.

David Finn, un abogado que representa a Morales, dijo que desconoce las razones por las que su cliente abrió las cuentas en Bank of America porque aún no ha podido hacer su propia investigación. Treviño Morales es un “hombre de familia” sin antecedentes criminales, añadió. “Este caso tiene más que ver con los hermanos de mi cliente que con él”, aseveró.

En acusaciones penales el mes pasado contra 14 personas relacionadas a la presunta conspiración de lavado de dinero, Miguel Ángel Treviño Morales y Óscar Omar Treviño Morales fueron acusados de dirigir dinero del narcotráfico a caballos de carreras estadounidenses para ocultar el origen del efectivo. Los dos hermanos son supuestamente altos capos de los Zetas. Ambos son fugitivos en México.

El cartel de los Zetas envía miles de kilos de cocaína a EE.UU. cada año, según el FBI. En 2009, el presidente Barack Obama designó a los Zetas como una banda de narcotraficantes bajo la Ley de Designación de Cabecillas del Narcotráfico en el Extranjero, que congela cualquier activo estadounidense y prohíbe que ciudadanos estadounidenses lleven a cabo transacciones con el grupo.

Según el FBI, los Zetas incursionaron en la industria de caballos en 2009 como una estrategia para lavar dinero. Muchas personas apuestan a caballos para el cartel y la propiedad fue transferida a José Treviño Morales, a menudo “a un precio de compra inexistente o mínimo”, señala el agente del FBI. La maniobra permitió que Treviño Morales pudiera mostrar “grandes ganancias, aparentemente legítimas”.

Finn, el abogado de Treviño Morales, no quiso hacer comentarios sobre transacciones específicas. “Si uno va a lavar dinero sucio, hay maneras más fáciles de hacerlo que meterse en la industria de los caballos de carreras”, manifestó.

Publicado por CIPCE.
Fuente: acij.org.ar

jueves, 9 de agosto de 2012

Los Zetas Deny Split




Mexico Security Memo: Los Zetas Deny Split

Deny Split

Unidentified people placed narcomantas Aug. 4-5 in Tamaulipas, Veracruz and Coahuila states denying a split within Los Zetas. Since June 1, unidentified people, believed to be part of a network, have disseminated narcomantas in several states alleging Los Zetas top two leaders -- Heriberto "El Lazca" Lazcano Lazcano and Miguel "Z-40" Trevino Morales -- are betraying their subordinates. The banners' widespread dissemination indicates an interregional information operations campaign regarding the coherence of Los Zetas, with its members as the intended audience.

Regardless of the veracity of the allegations against the top two Zetas leaders, this campaign's intent is to subvert their power base by undermining their subordinates' loyalty. The Aug. 4-5 banners are thus a response to the June 1 banners and to media reports regarding a Los Zetas split. The message denying Los Zetas are divided appears to come from individuals with the ability to act across multiple Mexican states. This suggests that the information operations struggle is occurring at a level within the organization that oversees multiple regions, as opposed to a localized cell within Los Zetas or a competing organization. While authorship of a narcomanta can rarely be verified, the authors of the mentioned messages likely belong to affiliates of Los Zetas, Sinaloa or respective allies of either group.

Given the cellular nature of Los Zetas and their widespread operations, not all Zetas members communicate with the organization's top leadership or even those close to the top leadership. This means posting narcomantas in multiple regions addressing an organizational split could encourage dissent within Los Zetas. Even so, no obvious signs of such dissent have appeared thus far. 



La Barredora's Arrests
Police arrested Gino Huerta Moreno, the suspected head of La Barredora criminal organization, and three suspected members of the same group during a July 31 operation in the San Sebastian neighborhood of Los Mochis, Sinaloa state. According to Mexican authorities, Huerta Moreno had replaced Jesus Ricardo Tapia Lopez as the principal leader of La Barredora. While the arrest of Huerta Moreno occurred in Los Mochis, La Barredora mostly has operated in Guerrero state, primarily in Acapulco, as an affiliate of the Sinaloa Federation. The recent arrests will likely continue the decrease of La Barredora activity in Guerrero state as larger criminal organizations, notably the Cartel Jalisco Nueva Generacion and the Knights Templar, engage in a turf war in the same region.

During 2011, the competing groups La Barredora and Cartel Independiente de Acapulco controlled intergang violence in Acapulco. Toward the end of 2011, it appeared that La Barredora, with support from the Sinaloa Federation, had made significant steps in the fight against Cartel Independiente de Acapulco. Reports of activity attributed to La Barredora, however, substantially decreased in 2012 as the much larger Knights Templar and Cartel Jalisco Nueva Generacion began assaulting each other throughout Guerrero state.

The two bigger groups are fighting each other for control of Acapulco's lucrative port and the mountainous regions of Guerrero, where illicit drug production is concentrated. Given La Barredora's relatively smaller size to those two groups, it is unlikely to regain the influence it once held in Acapulco and elsewhere in Guerrero. The recent arrests of La Barredora's leadership will likely contribute to the declining influence of the organization.

Fuente: http://www.stratfor.com/